“Incluso a corto plazo, introducir una RBI es decididamente algo sostenible económicamente. Depende de nosotros convertirla en políticamente realizable.”

 

El 6 de junio de 2016 se recordará como un importante hito en la marcha mundial hacia la puesta en práctica de programas de renta básica incondicional (RBI). En ese día se pedía a todos los ciudanos suizos que mostraran su aprobación u oposición a la siguiente propuesta:

 

1.      La Confederación [Helvética] introducirá una renta básica incondicional.

 

2.      La renta básica debe permitir al conunto de la población llevar una vida digna y participar en la vida pública.

 

3.      La ley determinará la forma de financiación y el nivel de la renta básica.

 

La propuesta fue rechazada con el 76.9% de los votos en contra y el 23.1% a favor. ¿Por qué era previsible este rechazo? ¿Y por qué se trata de un importante paso adelante?

 

Del 0 al 23%

 

Para responder a estas preguntas, es de rigor un breve repaso histórico. En el año 2008, el cineaste alemán Enno Schmidt y el empresario suizo Daniel Häni, ambos desde Basilea, produjeron Grundeinkommen: ein Kulturimpuls (Renta Básica: un impulso cultural), un “ensayo fílmico” que presentaba una imagen sencilla y atractiva de la renta básica. La difusión de esta película a través de Internet contribuyó a preparar el terreno para una iniciativa popular lanzada en abril de 2012 en favor de la propuesta arriba mencionada. Otra iniciativa popular que propone una RBI financiada específicamente con un impuesto a las energías no renovables se lanzó en mayo de 2010, pero no llegó a reunir el número de firmas exigidas.

 

Los impulsores de la iniciativa de 2012 pensaron primero que la renta básica debería financiarse por medio del IVA, tal como se sugería en la película, pero desecharon la idea por temor a perder apoyo para la iniciativa. Decidieron también no estipular una cantidad precisa en el texto mismo. Pero su página digital sí que mencionaba una cantidad mensual de 2.500 francos suizos por adulto y 625 francos suizos por hijo como mejor interpretación de lo que se precisaba en Suiza “para vivir una vida digna y participar en la vida pública”. Si una iniciativa reúne más de 100.000 firmas validadas en 18 meses, el Consejo Federal, gobierno nacional de Suiza, está obligado a organizar un referéndum en todo el país en el plazo de tres años, bien sobre el texto exacto de la iniciativa o sobre una contrapropuesta negociada con los impulsores.

 

El 4 de octubre de 2013, los promotores entregaron más de 125.000 firmas válidas en la Cancillería federal. El 27 de agosto de 2014, tras la validación de las firmas y el examen de los argumentos, el Consejo Federal rechazó la iniciativa sin ofrecer una contrapropuesta. En su opinión, “una renta básica incondicional tendría consecuencias negativas sobre la economía, el sistema de seguridad social y la cohesión de la sociedad suiza. En particular, la financiación de dicho ingreso implicaría un considerable aumento de la carga fiscal”. La propuesta se remitió ulterormente a ambas cámaras del Parlamento suizo. El 29 de mayo de  2015, la Comisión de Asuntos Sociales del Consejo Nacional (la cámara federal suiza de representantes) recomendó por 19 votos a uno, con cinco abstenciones, que se rechazara la propuesta de RBI. Tras un concienzudo debate en sesión plenaria el 23 de septiembre de 2015, el Consejo Nacional procedió a un voto preliminar y respaldó esta recomendación negativa por 146 votos contra 14, con 12 abstenciones.

 

El 18 de diciembre de 2015, el Consejo de los Estados (el Senado suizo, compuesto por representantes de los cantones) consideró la iniciativa y la rechazó por 40 votos contra uno a favor y tres abstenciones. El mismo día, la propuesta fue objeto de un segundo voto final en el Consejo Nacional: 157 votaron en contra, 19 a favor, y 16 se abstuvieron. En todos los casos, todos los representantes de los partidos de la extrema derecha, el centro-derecha y el centro votaron en contra de la propuesta. Todos los votos a favor, así como las abstenciones, provenían del Partido Socialista y del Partido Verde, ambos profundamente divididos. En el voto final del Consejo Nacional, 15 socialistas votaron a favour, 13 en contra y 13 se abstuvieron, mientras que cuatro de los Verdes votaron a favor, cinco en contra y tres se abstuvieron. El grado de apoyo osciló, por tanto, entre el  0% en el Consejo Federal, el 2% en el Consejo de los Estados, y el 4,8% y el 10% en el Consejo Nacional (comisión, voto preliminar y final).

 

Para la votación popular del 5 de junio de 2016, la dirección nacional de casi todos los partidos, incluyendo al Partido Socialista, recomendaba votar “no”. Las únicas excepciones fueron el Partido Verde y el Partido Pirata (políticamente insignificante), que recomendaron votar “sí”, a los que se sumaron una serie de secciones cantonales del Partido Socialista de las tres áreas lingüísticas. Con este trasfondo, era completamente previsible que ganaría el voto del “no”, y casi un voto de cada cuatro a favor del sí  — con picos de hasta un 35% en el canton de Ginebra, 36% en el cantón de Basilea-Ciudad, 40% en la ciudad de Berna, y 54% en los distritos centrales de Zürich — está bastante por encima de lo que llevarían a esperar las cifras arriba citadas.  Y debemos, por ende, tener en cuenta que Suiza es quizás el país de Europa en el que debería considerarse menos probable el apoyo a una RBI, no sólo debido a la mayor penetración, en la patria de Calvino, de una ética del trabajo calvinista sino, por encima de todo, debido a los niveles comparativamente bajos de desempleo y pobreza que actualmente experimenta.

 

En Suiza y más allá: más amplia y madura

 

Todo el mundo se da cuenta ahora, sin embargo, de que, aunque la iniciativa no hubiera logrado reunir más del 2,5% de los ciudadanos suizos que habían aportado su firma en un estadio inicial, habría sido, gracias al vigor de los promotores y sus impresionantes habilidades comunicativas, un éxito imponente. No hay hasta el momento población en el mundo o en la historia que haya aportado más reflexión a las ventajas y desventajas de la propuesta de lo que han hecho los suizos en los últimos cuatro años.

 

Y el efecto no se limita en modo alguno a Suiza. En los últimos días antes de la votación, The Economist, The Wall Street Journal, The Financial Times, The New York Times, The Guardian, e innumerables publicaciones más de todo el mundo se vieron obligadas a publicar artículos substanciales con el fin de explicar en detalle — a veces bastante bien, otras no tan bien — qué es una renta básica y a qué se refiere. No ha habido en la historia del mundo una semana en la que los medios le hayan concedido tanto tiempo y espacio a un debate de la RBI.

 

Aparte de otorgar un gran impulso a la difusión de la idea, la iniciativa suiza ha contribuido a la maduración del debate que la rodea. Pues una lección que debe extraerse de la experiencia es que una propuesta que estipula una cantidad elevada, pero no un modo preciso de financiarla, puede reunir fácilmente el número de firmas exigidas, pero le queda mucho hasta convencer a una mayoría de los votantes de que se molesten en ir a votar (cerca del 46% del electorado en este caso). Para lo primero basta una estrella brillante que indique el rumbo, pero para alcanzar lo segundo son esenciales postes indicadores bien visibles en el suelo que señalen claramente un camino seguro.

 

Siempre que me invitaban a sumarme al debate suizo, sostenía que introducir de una sola vez una renta básica individual de 2.500 francos suizos (el 38% del PIB suizo per cápita) resultaría políticamente irresponsable. Cierto es que nadie puede demostrar que ese nivel de RBI no sea económicamente sostenible. Pero tampoco puede nadie demostrar que lo sea. Tampoco demostrará que lo sea ningún experimento local ejecutado o planificado en Suiza. Además, no resulta irrazonable suponer que la sostenibilidad económica de una RBI en ese nivel exigirá una serie de condiciones previas hasta ahora incumplidas, entre ellas la introducción de nuevas formas de imposición fiscal — por ejemplo, la microtasa sobre pagos electrónicos, que desempeñó un papel interesante en el debate suizo — y una cooperación internacional efectiva contra la evasión fiscal, la cual no es precisamente el punto fuerte de Suiza.

 

Para un inmediato futuro, sin embargo, debería quedar claro que pueden y deben calcularse pasos más modestos, pero significativos. Deben entrañar un RBI individual en una escala más reducida (digamos, del 15 o 20% del PIB per cápita) que tendría todavía que verse complementada con prestaciones de asistencia social o subvenciones a la vivienda sometidas a prueba de haberes, desde luego para hogares urbanos de un solo adulto. No se debe a que en muchos casos no baste  la RBI, por sí sola, para “permitir vivir al conjunto de la población una vida digna”, por lo que no supondría gran diferencia para la seguridad, el poder de negociación y la libertad de elección de muchos de quienes son entre nosotros los más vulnerables. Incluso a corto plazo, itroducir una RBI es decididamente algo sostenible económicamente. Depende de nosotros convertirla en políticamente realizable.

 

Esta iniciativa suiza sin precedentes no sólo ha hecho más consciente a mucha gente, en Suiza y mucho más allá, de la naturaleza y dimensiones de los desafíos a los que nos enfrentamos en el siglo XXI y de cómo podría encararlos una RBI. Al provocar   innumerables objeciones, algunas ingenuas y otras certeras, ha ayudado asimismo a los defensores de RBI a afilar sus argumentos y reconocer la necesidad de dar nuevos pasos que sean realistas. Por estas dos razones, los ciudadanos suizos que dedicaron una tremenda cantidad de tiempo, energía e imaginación a la campaña del “sí” se merecen la cálida gratitud no sólo del movimiento a favor de la renta básica en todo el mundo sino de todos aquellos que luchan por una sociedad libre y una economía sensata.

 

(Muchas gracias a Nenad Stojanovic (Zurich y Princeton) por su fiable información y perspicaces comentarios).

 

Autor: Philippe Van Parijs

Fuente: www.sinpermiso.info