En los últimos meses se viene debatiendo mucho sobre el fin del trabajo y sobre la renta básica. No es que estos dos conceptos tengan que ir necesariamente unidos, ni que estos debates sean nuevos. Al menos en el ámbito académico, los efectos que la tecnología tiene en la desaparición de determinados empleos, así como la idea de ofrecer un ingreso universal e incondicionado a todos los ciudadanos y residentes, viene discutiéndose desde mediados de los años 80. Pero es cierto que la crisis financiera de 2008 ha vuelto a poner sobre la mesa estas cuestiones, ante determinadas reformas que necesitan nuestros Estados del bienestar que se vienen posponiendo una y otra vez.

El trabajo no va a desaparecer por la tecnología, lo que quizá sí están desapareciendo son determinados empleos porque el empleo es sólo una forma de trabajo, y hay mucho más trabajo que empleo. Trabajo es toda actividad en donde las personas ponemos en práctica nuestras habilidades intelectuales y físicas, y mediante la cual interactuamos con la sociedad y obtenemos un reconocimiento. Empleo es un tipo de actividad que el mercado valora y por la que ofrece una contraprestación económica. Hay trabajo que el PIB no cuantifica, mucho trabajo que los mercados no valoran y que, sin embargo, aportan mucho a la sociedad donde se realiza: las tareas de cuidado de niños y ancianos, el trabajo voluntario, etc.

Los avances tecnológicos están aumentando la eficiencia y la producción de determinadas tareas que antes realizaban las personas, y que ahora hacen las máquinas con más velocidad y eficiencia. Podemos decir que la tecnología está sustituyendo muchos de los empleos que eran rutinarios y que ocupaban a personal poco cualificado. Pero, al mismo tiempo, surgen nuevos empleos ligados precisamente a la innovación y al desarrollo. El problema es que para poder ocupar esos empleos es necesario un alto nivel de formación y de cualificación. La tecnología está poco a poco acentuando la dualidad de nuestro mercado de trabajo, expulsando a los trabajadores menos preparados —que se ven abocados a un desempleo de larga duración o a la concatenación de empleos temporales, precarios, escasamente remunerados—, cuyos salarios ni siquiera les dan para superar el umbral de la pobreza. Se estima que en la UE un 10% de los trabajadores son pobres y en España esa cifra alcanza el 15%.

Renta básica, ROI social
La renta básica se ha justificado de muchas maneras y sin ser la solución a todos los problemas que nos afectan, puede ayudar a resolver uno particularmente grave: la pobreza. Porque al tratarse de una prestación incondicionada y universal, tendría un efecto preventivo, y no sólo paliativo, como el que tienen otros sistemas de garantía de ingresos de los que ya disponemos, como las Rentas Mínimas de Inserción que ofrecen las comunidades autónomas, u otro tipo de prestaciones asistenciales de nuestro sistema de Seguridad Social. Ligado a la tecnificación de determinadas tareas que ya no realizan las personas sino las máquinas, sería una forma de distribuir un dividendo social por esa producción automatizada cuyo desarrollo se debe a un cúmulo de conocimientos que vamos sumando generación tras generación, muchos de los cuales han sido posibles gracias a las inversiones que los Estados han hecho en I+D+i. Se trataría de dar un retorno a la sociedad por tales inversiones.

En un escrito de esta extensión es imposible dar respuesta a todas las preguntas que una propuesta como la renta básica suscita, pero sí quisiera puntualizar algunas. En primer lugar, la renta básica sería una forma sencilla de ofrecer un reconocimiento al trabajo que el mercado no valora, sin burocracias ni controles excesivos por donde se nos escapan demasiados recursos. En segundo lugar, el problema de la destrucción de puestos de trabajo por la tecnología no se puede solucionar a corto plazo. Lo que tenemos que hacer, particularmente en España, es apostar por la formación en empleo altamente cualificado que se precisa para mantener las nuevas tecnologías. La formación no se puede adquirir de un día para otro, por eso hay que pensar en un escenario a 10 o 15 años. La renta básica puede contribuir a esa formación permitiendo que los trabajadores expulsados del mercado laboral se formen y dispongan de recursos. Por último, es necesario dar una respuesta urgente a los problemas de pobreza y exclusión social que no paran de crecer. Y hay que ser original a la hora de dar respuestas porque las del siglo pasado ya no sirven.

Todo esto suscitará muchas preguntas. Cómo se financia, si resulta viable políticamente, si es sostenible… Debatamos sobre ello, pero hagámoslo ya sin miedo a la innovación en las políticas públicas.

Fuente: http://linkis.com/www.diarioabierto.es/7VO6s