Las peticiones en favor de una Renta Básica Universal (RBU) han ido en aumento muy recientemente como parte del “Nuevo Acuerdo Verde” (“Green New Deal”) presentado por la representante en el Congreso Alexandria Ocasio-Cortez, demócrata de Nueva York, y apoyadas en el mes pasado por al menos cuarenta miembros del Congreso. Una RBU es un pago mensual incondicional a todos los adultos, semejante a la Seguridad Social. Sus críticos afirman que el Nuevo Acuerdo Verde exige demasiado de los contribuyentes ricos y de clase media alta que tendrán que pagarla, pero gravar con impuestos a los ricos no es lo que propone la resolución. Afirma que la financiación vendría primordialmente del gobierno federal, “recurriendo a una combinación de la Reserva Federal, un nuevo banco público o sistema de bancos públicos regionales y especializados”, entre otros vehículos.La Reserva Federal podría encargarse de la labor por sí sola. Podría adquirir bonos federales “verdes” con dinero creado en su hoja de balance, igual que la Fed financió la adquisición de bonos por valor de 3,7 billones de dólares en su programa de “facilitación cuantitativa” para salvar a los bancos. También podría hacerlo el Tesoro público. El Tesoro dispone de la facultad constitucional de emitir monedas de cualquier valor, hasta monedas de un billón de dólares. Lo que impide a la legislación perseguir estas opciones es el temor a que la hiperinflación por exceso de “demanda” (renta gastable) haga subir los precios. Pero, en realidad,  la economía del consumo anda crónicamente escasa de dinero gastable, a causa de la forma en que el dinero entra en la economía de consumo. Realmente necesitamos inyecciones regulares de dinero para evitar una “recesión de hoja de balance” y permitir que haya crecimiento, y la RBU es una manera de conseguirlo.Los pros y contras de la RBU se debaten acaloradamente y se han discutido en otra parte. La cuestión estriba aquí en mostrar que se podría financiar realmente un año tras otro sin elevar impuestos o precios. Continuamente se añade dinero nuevo a la oferta dineraria, pero se añade como deuda creada privadamente por los bancos (cómo crean hoy el dinero en oferta los bancos, más que el gobierno, se explica en la página digital del Banco de Inglaterra, aquí.). La RBU substituiría el dinero-creado-como-deuda por dinero libre de deuda —un “jubileo de deuda” para los consumidores — a la vez que mantendría sin cambios en su mayor parte  la oferta de dinero, y en la medida en que se añadiera dinero nuevo, podría contribuir a crear la demanda necesaria para llenar la brecha entre productividad real y potencial.

El exceso de deuda que paraliza las economías

El “dinero del banco” en el que consiste la mayoría del dinero en circulación se crea sólo cuando alguien pide prestado, y hoy en día empresas y consumidores andan abrumados con deudas que son mayores que nunca. En 2018, solo la deuda por tarjeta de crédito superaba el billón de dólares, los préstamos para automóviles rebasaban los 1,1 billones de dólares, y la deuda empresarial de carácter no financiero llegaba a los 5,7 billones. Cuando empresas y particulares se dedican a pagar viejos préstamos en lugar de recurrir a préstamos nuevos, la oferta de dinero se contrae, provocando una “recesión de la hoja de balance”. En esa situación, el banco central, en lugar de sacar dinero de la economía (como está hacienda ahora la Fed), tiene que añadir dinero para llenar la brecha entre la deuda y la renta gastable disponible para pagarla.

La deuda siempre crece más rápido que el dinero disponible para pagarla. Un problema es el interés, que no se crea junto al principal, de modo que siempre se debe más de lo que se creó en el préstamo original. Más allá de eso, algo del dinero creado como deuda queda fuera del mercado de consumo por los “ahorradores” y los inversores que lo colocan en otra parte, dejándolo indisponible para las empresas que venden sus mercancías y los asalariados a los que dan empleo. El resultado es una burbuja de deuda que sigue creciendo hasta que ya no resulta sostenible y se derrumba el sistema, en la espiral de la muerte familiar llamado con un eufemismo “ciclo de negocios”. Tal como muestra el economista Michael Hudson en su libro de 2018 “Y perdónales sus deudas”  (“… and Forgive Them Their Debts”), este inevitable exceso de deuda se corregía históricamente con periódicos “jubileos de deudas”—condonación de deudas —, algo que sostiene habría que volver a hacer hoy.

Para los gobiernos, el jubileo de deudas podría efectuarse permitiendo al banco central comprar títulos del Estado y guardarlos en sus libros. Para los particulares, una forma de hacerlo limpiamente de modo global sería con una RBU.

Por qué la RBU no tiene por qué ser inflacionaria

En un libro de 2018 titulado “The Road to Debt Bondage: How Banks Create Unpayable Debt” [El camino a la esclavitud por deudas: cómo crean los bancos deudas impagables], el economista político Derryl Hermanutz propone una RBU de 1.000 dólares mensuales emitida por un banco central, que se abonaría directamente en la cuenta corriente de cada cual. Asumiendo que el pago se le hiciera a todos los habitantes de los EE.UU. mayores de 18 años, o sea, cerca de 241 millones de personas, el desembolso sería de cerca de 3 billones anuales. Para la gente con deudas atrasadas, Hermanutz propone que se destine automáticamente a pagar esas deudas. Puesto que el dinero se crea en forma de préstamos y se extingue cuando se devuelven, esa porción del desembolso de la RBU quedaría extinguida junto a la deuda.

La gente que estuviera al corriente de sus deudas podría elegir entre destinarlo o no a pagarlas, pero mucha gente sin duda escogería esta opción. Hermanutz estima que aproximadamente la mitad del pago de la RBU podría extinguirse de este modo por medio de devolución forzosa y voluntaria de préstamos. Ese dinero no incrementaría la oferta o demanda de dinero. Permitiría solamente a los deudores gastar en sus necesidades con dinero libre de deudas, en lugar de endeudar su futuro con deuda impagable.

Calcula que otro tercio del desembolso de la RBU iría a los “ahorradores” que no necesitaran el dinero para sus gastos. Tampoco es probable que este dinero haga subir los precios al consumo, puesto que se destinaría a vehículos de inversión y ahorro en lugar de ir a la economía de consumo. Eso deja sólo cerca de una sexta parte de los pagos, o sea, 500.000 millones de dólares, que irían a competir por bienes y servicios; y esa suma podría verse fácilmente absorbida por la  “brecha del output” entre la productividad real y la pronosticada.

De acuerdo con un documento de julio de 2017 del Roosevelt Institute titulado “¿Qué recuperación? Defensa de una política expansiva continuada en la Fed”  [“What Recovery? The Case for Continued Expansionary Policy at the Fed”]: “El PIB sigue estando bastante por debajo tanto de la tendencia a largo plazo como del nivel predicho por los analistas hace una década. En 2016, el PIB per cápita era del 10% por debajo de la previsión de 2006 de la Oficina Presupuestaria del Congreso (OPC) y no da señales de volver al nivel previsto”.

El informe señalaba que la explicación más probable de este apagado crecimiento era la demanda inadecuada. Los salarios han seguido estancados; y antes de que produzcan los productores, necesitan clientes que llamen a la puerta.

En 2017, el Producto Interior Bruto de los EE.UU. era de 19,4 billones. Si la economía discurre a un 10% por debajo de su capacidad plena, se podrían inyectar 2 billones en la economía todos los años sin crear inflación de precios. Generaría sólo la demanda necesaria para estimular unos 2 billones anuales en el PIB. De hecho, la RBU podría pagarse sola, del mismo que la G.I. Bill produjo un retorno multiplicado por siete  de aumento en la productividad tras la II Guerra Mundial [la G.I. Bill, o Service Readjustment Act, es la ley que dio toda clase de facilidades para realizar estudios a los soldados licenciados de servicio tras el conflicto].

La evidencia de China

Que ese nuevo dinero se puede inyectar un año tras otro sin que se dispare la inflación de precios se hace evidente echándole un vistazo a China. En los últimos veinte años, su oferta de dinero M2 ha crecido, pasando de estar por encima de los 10 billones de yuanes a 80 billones de yuanes (11,6 billones de dólares), un incremento de casi un 800%. Pero la tasa de inflación de su Índice de Precios al Consumo (IPC) sigue siendo de un modesto 2.2 %.

¿Por qué no ha hecho subir los precios todo ese exceso de dinero? La respuesta es que el Producto Interior Bruto de China ha crecido a la misma gran velocidad que su oferta dineraria. Cuando la oferta (PIB) y la demanda (dinero) aumentan conjuntamente, los precios permanecen estables.

Diera o no su aprobación a una RBU el gobierno chino, lo cierto es que reconoce que para estimular la productividad, el dinero ha de salir primero; y puesto que el gobierno posee el 80% de los bancos de China, se encuentra en situación de pedir prestado dinero para que exista en la medida en que lo necesite. En el caso de los préstamos que se “autofinancian” — los que generan ingresos (pago de viajes en tren o factures de electricidad, alquileres inmobiliarios) — su devolución extingue la deuda junto al dinero que creó, dejando igual la oferta neta de dinero. Cuando no se devuelven los préstamos, el dinero que crearon no se extingue, pero acaba en consumidores y empresas que adquieren entonces bienes y servicios con él, demanda que estimulará la producción de oferta, de modo que oferta y demanda aumentan conjuntamente y los precios permanecen estables.

Sin demanda, los productores no producirán y no se contratarán trabajadores, dejándoles sin los fondos para generar oferta, en un círculo vicioso que conduce a la recesión y la depresión. Y ese ciclo es el que nuestro propio banco central está hoy desencadenando.

La Fed aprieta los tornillos

En lugar de estimular la economía con nueva demanda, la Fed ha ido implicándose en un “endurecimiento cuantitativo”. El 9 de diciembre de 2018 elevó la tasa de fondos Fed por novena vez en tres años, pese a un mercado de valores “brutal” en el que el Promedio Industrial del Dow Jones había caído ya 3.000 puntos en dos meses y medio. La Fed sigue debatiéndose todavía para llegar incluso a un modesto 2% del objetivo de inflación, y el crecimiento del PIB mantiene su tendencia a la baja con estimaciones de sólo un 2-2,7 % para 2019. Entonces, ¿por qué subió los tipos de nuevo, por encima de las protestas de los comentaristas, incluido el presidente mismo?

Pese a su barómetro, la Fed observa si la economía ha alcanzado “pleno empleo” o no, que se considera en un 4,7 % de desempleo, teniendo en cuenta la “tasa natural de desempleo” de la gente que está entre dos trabajos o sin trabajar voluntariamente. Con pleno empleo, se espera que los trabajadores exijan mayores salarios, haciendo que suban los precios. Pero el desempleo es hoy oficialmente de un 3,7 % —más allá del pleno empleo, técnicamente hablando — y ni los salarios ni los precios al consumo se han disparado. Es obvio que hay algo equivocado en la teoría, como resulta evidente echando un vistazo al Japón, donde los precios llevan mucho tiempo resistiéndose a subir, a pesar de una grave escasez de trabajadores.

Las cifras oficiales de desempleo llevan en realidad a equívoco. Incluyendo a los trabajadores desalentados a corto plazo, la tasa de trabajadores desempleados o subempleados, a fecha de mayo de 2018, era del 7,6 %, lo que dobla la tasa ampliamente difundida. Cuando se incluye a los trabajadores desalentados, la cifra real de desempleo se convierte en el 21,5 %. Más allá de la enorme reserva de trabajadores sin utilizar, existe una oferta aparentemente inacabable de trabajo barato del extranjero y el potencial laboral en expansión de los robots, ordenadores y máquinas. De hecho, la capacidad de la economía de generar oferta en respuesta a la demanda dista de haber alcanzado hoy su plena capacidad.

Nuestro banco central nos lleva hacia otra recesión sobre la base de mala teoría económica. Sumar dinero a la economía para fines productivos, no especulativos no impulsará un alza de precios mientras haya disponibles materiales y trabajadores (humanos o mecánicos) para crear la oferta necesaria para satisfacer la demanda, y están hoy disponibles. Siempre habrá incrementos de precios en mercados determinados cuando hay escaseces, cuellos de botella, monopolios o patentes que limitan la competencia. Pero estos incrementos no se deben a una economía atiborrada de dinero. Vivienda, atención sanitaria, educación y gasolina han subido todos, pero no es porque la gente tenga demasiado dinero para gastar. De hecho, son estos gastos necesarios los que están llevando a la gente a deudas impagables, y este exceso masivo de deuda es lo que está impidiendo el crecimiento económico.

Sin alguna forma de jubileo de la deuda, la burbuja de la deuda seguirá creciendo hasta que no pueda sostenerse. La RBU puede ayudar a corregir ese problema sin temor a “sobrecalentar” la economía, siempre y cuando el nuevo dinero se limite a llenar el hueco entre la productividad real y potencial y se destine a la generación de empleo, la construcción de infraestructuras y la satisfacción de necesidades de la gente, en lugar de desviarse a la economía especulativa y parasitaria que se alimenta de ellos.

 

abogada, preside el Public Banking Institute, y es autora de una docena de libros, entre ellos “Web of Debt” y “The Public Bank Solution.”