Lo sabemos todas: la crisis sigue. Crisis económica, pero también ecológica, política y de cuidados. Algunos hablan de crisis civilizatoria. (Ya no creemos que todo irá a mejor mañana en la Historia). De estas crisis conocemos sus consecuencias más oscuras: la emergencia de la ultraderecha en todo el planeta, la medianoche del siglo que apenas comienza. Una ultraderecha que dice ofrecer una salida radical, una salida violenta y reaccionaria a esa crisis sistémica, y a la indeterminación y al miedo de las vidas en el alambre que provoca. Necesitamos propuestas osadas. Estamos obligadas a poner de pie medias que nos lleven a otra modelo de sociedad, pero también a encarnar los movimientos que las hagan posible. Decrecer redistribuyendo recursos y dinero; frenar el cambio climático que amenaza toda vida; reducir la jornada laboral y repartir el trabajo; ganar batallas al capital que permitan conquistar nuevos derechos como una Renta Básica Universal (RBU) que nos dé más poder y más libertad son unas pocas ideas que pueden iluminar el camino.

En esta medianoche del siglo que se cierne, el feminismo despunta como el movimiento más capacitado para dar esta pelea por su nivel de movilización y de penetración social, por su capacidad discursiva. ¿Pero por qué a día de hoy entre las demandas del feminismo más autónomo no se encuentra la Renta Básica Universal? Recordemos, esa individual, incondicional –sin ningún requisito de empleo o de obligatoriedad de buscarlo–, mediante la que se le proporciona a todos el mínimo necesario para vivir. Una medida que podría darnos un respiro a la mayoría y que sin duda mejoraría la autonomía de todas las mujeres y sobre todo de las más precarias. Lo cierto es que en el feminismo hay algunas reticencias respecto a esta propuesta que tienen que ver con cómo se han configurado las luchas por la emancipación de la mujer desde los años 60.

¿Salario es emancipación?

En los 60 y 70 el feminismo –tanto el liberal como buena parte del marxista clásico– luchó porque las mujeres pudiesen trabajar fuera del hogar en pos de un salario, porque en nuestra sociedad renta equivale a independencia y libertad, pero también a visibilidad pública y poder social. Las conquistas de estos feminismos, y la ola de la que formaron parte, fueron importantes porque mostraron el rechazo de las mujeres a seguir encerradas en el hogar. Sus reivindicaciones ponían el acento en nuestro “derecho a trabajar”. Para las liberales porque significaba el derecho a “ascender socialmente” –por eso se centraban y se centran hoy en políticas de techo de cristal–. Igualdad para ellas era igualdad de oportunidades –en el trabajo–, no de condiciones y posibilidades de vida.

Muchas marxistas ortodoxas encuadradas en organizaciones de izquierdas las acompañaban en el viaje al mundo del trabajo remunerado. Para ellas, el ámbito laboral ha sido siempre el espacio de organización política por excelencia –donde se constituía la clase obrera como clase– y por eso muchas veían en el trabajo asalariado la única posibilidad para las mujeres de poder impulsar conflictos verdaderamente equiparables con los que planteaban los hombres en la fábrica. No siempre entendían otras formas de confrontación con el capital ni eran capaces de rastrearlas en los numerosos conflictos que acababan desencadenando las limitaciones que impone el capitalismo a la reproducción de la vida: luchas por la vivienda, contra la escasez o los elevados precios de los alimentos, por servicios públicos o urbanos, etc.

Las mujeres de clase trabajadora de la época que estaban organizadas contestaban a ambas tendencias empleadocéntricas: “Nosotras ya trabajamos fuera de nuestras casas, muchas veces limpiando las vuestras”, pero además lo que hacemos en nuestros hogares también es trabajo. Por ejemplo las Welfare Mothers en los EEUU de los años 60, un movimiento de afrodescendientes que se organizaron para mejorar las ayudas estatales para familias monoparentales encabezadas por mujeres de bajos ingresos. Decían: “Nos dais un subsidio como una limosna, nos llamáis parásitos sociales, pero ignoráis el trabajo que hacemos en los hogares y los beneficios que proporcionamos al Estado por el mantenimiento de la fuerza de trabajo nacional[1]”. Denunciaban, por ejemplo, lo paradójico de reconocer el cuidado infantil como trabajo solo cuando se hacían cargo de los hijos de otras y no de los suyos propios. (Es decir, cuando mediaba un salario). O el absurdo de que si les quitaban la tutela de sus hijos por no poder mantenerlos, las madres de acogida recibían más ayudas que las que el Estado hubiese destinado a ellas mismas para el mantenimiento de esos mismos niños que les eran arrebatados. Denunciaban el infierno surrealista en el que a veces se convierte el sistema de ayudas sociales.

Sí, el trabajo de cuidados, también el no remunerado, es trabajo. El feminismo marxista del área de la autonomía –como Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa o María Mies– se encargó de teorizar esta cuestión ampliamente. El capitalismo había conseguido crear una jerarquía laboral –trabajo pagado fuera del hogar frente a trabajo gratuito “por amor” en la casa– que le había permitido ocultar áreas enteras de explotación, naturalizarlas e invisibilizarlas. Ellas descubrieron que el salario es un mecanismo de regulación no solo del ámbito mismo de la producción, sino también del mundo no asalariado, como sucede con el trabajo del hogar que queda subordinado al salario del marido –el patrón de la casa–. (Esto estaba en la base de la división sexual del trabajo sobre la que se erigirán el resto de desigualdades entre hombres y mujeres).

Dinero es autonomía
Hoy el salario familiar –el del marido que sostiene a toda la familia– ya apenas existe y hacen falta dos –o más– para poder sobrevivir. En casa también nos esperan muchas veces las mismas tareas de las que quisimos huir. Vivimos asfixiadas. Además cada vez es más difícil conseguir un trabajo en condiciones, o en realidad, cualquier trabajo. Ya sabemos que el “pleno empleo” –que nunca existió realmente– hoy simplemente se muestra como una utopía, o quizás tan solo una mentira que permite ir tirando entre trabajo de mierda y trabajo de mierda. (Así les llama David Graeber). Empleos que cada vez se dan en condiciones más degradantes o inestables y, por supuesto, los peores están feminizados. Es cierto, la salida masiva de las mujeres de los hogares en pos de un salario nos ha dado cierta independencia respecto de los hombres que duermen con nosotras, pero nos ha encadenado a los otros patrones con los que no dormimos. En el capitalismo el trabajo no es un ámbito de emancipación, sino de explotación, y no hay placer, orgullo o creatividad alguna en ser explotada. No al menos para la mayoría, las de los trabajos feminizados y precarios.

Así, aunque existan muchas dudas respecto a la Renta Básica, la obra de las feministas postmarxistas sirve para pensar de nuevo esa cuestión. El trabajo no remunerado de sostenimiento de la vida, de “reproducción de la fuerza de trabajo”, es trabajo y por tanto, debería estar remunerado mientras exista un capital que extraiga beneficios de esa misma mano de obra que todavía sigue siendo necesaria en muchos sectores. (El capitalismo todavía depende del trabajo reproductivo no asalariado para contener el coste de la mano de obra). Aunque es cierto que las mutaciones que se están produciendo hacen que cada vez sea menos necesaria una mano de obra “en condiciones” en los estratos de trabajo más precarios del sector servicios. La mano de obra de este sector es países como el nuestro es reemplazable fácilmente, machacable, y exprimible hasta límites brutales.

Ambos motivos solo refuerzan la necesidad de encontrar mecanismos de redistribución de toda la riqueza que producimos colectivamente, tanto en los hogares –a través del trabajo no pagado–, como fuera de ellos. Hay que tener en cuenta que cada vez son más los trabajos y la producción social no salarizados –desde la creación de información, significados y cultura en las redes, hasta las becas o el trabajo informal o marginal que siguen ampliándose–. La Renta Básica podría ser uno de estos mecanismos que, sumada a la defensa y ampliación de los servicios públicos –salario indirecto–, contribuiría a darnos más poder, más tiempo y más autonomía.

El feminismo más clásico, el empleadocéntrico, critica la Renta Básica porque considera que una medida solo puede considerarse feminista si contribuye a la igualdad en el ámbito laboral. Pero en realidad, una propuesta debería considerarse feminista en la medida que sea capaz de aportar mayor autonomía a las mujeres, en cualquier aspecto de nuestras vidas, y a la mayoría de nosotras. ¿Y acaso no hace eso el dinero en nuestro mundo? Quizás en un futuro seamos capaces de crear otro tipo de sociedad, pero de momento, renta equivale a autonomía. En el caso de las mujeres, además, disponer de recursos también implica más independencia respecto de los varones: mayores posibilidades de salir de una situación de violencia machista en la relación de pareja, por ejemplo, o de no tener que soportar trabajos de mierda o abusos sexuales en el ámbito laboral por miedo a ser despedida.

“Queremos dinero, trabajo nos sobra”. Coreaban las madres y padres del bloque infantil de la manifestación del 8M, así como en los 70 algunas feministas reclamaban: “Queremos tener los hijos que deseamos y no solo los que podamos mantener[2]”. El rechazo al trabajo del hogar no implicaba un rechazo a la reproducción sino a la reproducción en los términos del capitalismo, un rechazo a la forma de subordinación de estas tareas dentro de una forma de organización determinada, señalaban Selma James y Maria Rosa Dallacosta. No es que no queramos criar, sino que no queremos hacerlo en las condiciones que nos impone este sistema. Que este cuidado sea además más igualitario entre hombres y mujeres, y entre lo público y lo “familiar”, dependerá de diversas luchas que todavía tenemos que llevar adelante y que no son sustituibles por ningún atajo en forma de medida institucional.

Porque ninguna medida de política institucional que podamos imaginar va a transformar completamente la sociedad y tampoco va a conseguir automáticamente la igualdad total. Ninguna estrategia es la definitiva, ninguna va a acabar con el capital o el patriarcado: sino que nos sirven o no en la medida en la que nos permiten cambiar la relación de poder y llevar adelante esas luchas necesarias con mayor capacidad[3]. Es evidente que la Renta Básica podría contribuir a ampliar esos campos, y a proporcionarnos tiempo además, para impulsar las luchas necesarias para transformar la sociedad o al menos, para frenar esta salida violenta a la crisis sistémica a la que llamamos postfascismo.

 


[1] Federici, Silvia (2013) Revolución en Punto Cero, Madrid: Traficantes de Sueños.

[2] Dallacosta, Mariarosa (1975) El poder de las mujeres y la subversión de la comunidad México: Siglo XXI.

[3] Federici, Silvia (2013) Revolución en Punto Cero, Madrid: Traficantes de Sueños.

 

Es periodista y doctora en Antropología Social y Cultural. Forma parte de la Fundación de los Comunes. Editora de la sección de Feminismos de Ctxt. Ha participado en obras colectivas como Un feminismo del 99% (Lengua de Trapo, 2018), Cómo puede cambiar el mundo el feminismo (Lengua de Trapo, 2019) o Los Cuidados (Libros en Acción, 2019) entre otras.
Fuente: www.sinpermiso.info