Tal como han dejado en evidencia algunos estudios recientes sobre el tema (véase este artículo de Fortune), la substitución del hombre por parte de las máquinas es ya una realidad, y dentro de pocos decenios las profesiones de menor contenido intelectual las desempeñarán robots. Pese a la posibilidad de “liberar” finalmente a millones de personas del yugo de empleos alienantes (será por lo tanto deseable un sistema de enseñanza en condiciones de preparar a las nuevas generaciones para esta libertad profesional, en la que serán claves la originalidad y una mayor conciencia propia), uno de los probables efectos a medio plazo de este cambio tecnológico parece ser un aumento del número de desempleados, sobre todo entre los trabajadores menos cualificados. Consecuencias fácilmente previsibles: un ulterior incremento de las desigualdades en la distribución de la renta, además de un incremento de la inestabilidad social.

No contribuyen sólo las nuevas tecnologías a golpear además a los estratos más débiles sino también las consecuencias de una globalización incontrolada. Tal como hacen notar Zygmunt Bauman y Luciano Gallino, hoy en día una empresa está en condiciones de moverse sin molestias de un país a otro dejando a trabajadores y gobiernos sin posibilidad de hacer valer las propias razones; la pena: el traslado de la sede a lugares menos “pendencieros”.

Las potencias occidentales se encuentran así compitiendo con países en los que los salarios son enormemente inferiores y el trabajo, precario, viéndose constreñidas a una reducción de derechos para devolver el atractivo a sus economías (piénsese en el artículo 18 en Italia y en lo que está ocurriendo estos meses en Francia). Estos desequilibrios del mercado global los pagan sobre todo los jóvenes y las personas con menos cualificación, con el consiguiente empeoramiento de la diferencia de rentas. De hecho, mientras una parte de la población se enriquece aprovechando la globalización (además de, a menudo, reglas de mercado favorables y no siempre correctas, como, por ejemplo, la existencia de paraísos fiscales), otra parte mucho más numerosa resbala hacia abajo en la escala social, perdiendo derechos y peso político.

En un mundo cada vez más interconectado, progreso tecnológico y globalización (por citar sólo algunas de las fuerzas que operan) están cambiando reglas y órdenes sociales de manera difícilmente previsible. Los gobiernos están llamados, por tanto, a afrontar estos nuevos desafíos de forma igualmente original; la orientación neoliberal a la que la mayoría se adhiere no parece empero ser la respuesta adecuada.

En este artículo se analiza una posible medida de política económica que se fija como objetivo el de garantizar a todos los ciudadanos una mayor independencia reduciendo además desigualdad y pobreza: la renta básica. Junto al profesor de Economía de la Universidad de Barcelona, Daniel Raventós, uno de los máximos expertos a este respecto, aclaramos y profundizamos en los argumentos.

Valentino Masucci

Profesor Raventós, ¿podría explicarnos qué es la renta básica incondicional?

La renta básica es muy sencilla de definir: se trata de una asignación monetaria incondicional para toda la población. Se le garantiza a todo el mundo una cierta cantidad anual de dinero, independientemente del hecho de que trabaje o no. Además, puesto que es incondicional, los ricos también tienen derecho a ella: pero, atención, esto no quiere decir que salgan ganando. Mediante una imposición fiscal más elevada, se logrará de nuevo un equilibrio entre el dinero que reciben y el que pagan. Hemos llevado a cabo una simulación para todo el Reino de España utilizando dos millones de IRPF (el equivalente del IRPEF italiano) y hemos demostrado que es posible subvencionar una renta básica igual al umbral de pobreza en el que pierde el 20% más rico de la población, mientras que el restante 80% de la población mejora su posición actual.

¿Puede, por favor, explicarnos algo más acerca de este estudio? ¿La renta básica es económicamente factible?

La idea que ha guiado nuestro estudio es muy sencilla: ¿cómo tendríamos que reformar el impuesto sobre la renta de las personas físicas para que toda la población adulta obtuviera una renta básica equivalente a 7.471 euros anuales, es decir, al umbral de pobreza en el Reino de España en 2010? Mediante una simulación hemos demostrado que, sin tocar siquiera un céntimo de lo que se destina a enseñanza y sanidad, es posible sostener el coste de una renta básica. Obviamente hay tecnicismos en los que no me detengo, pero, de cualquier modo, el resultado no queda invalidado: esta asignación monetaria puede llevarse a la práctica sin grandes trastornos. Además, es interesante advertir cómo el índice de Gini, conocido índice para medir el nivel de desigualdad de una determinada distribución de renta, pasaría en el Reino de España de ser uno de los más desiguales a equipararse al valor de países como Dinamarca o Suecia.

Llegados a este punto, tengo curiosidad por conocer cuáles son los principios que inspiran esta propuesta suya de política económica…

Lo que guía al que subscribe y a algunos colegas de la Universidad de Barcelona es el concepto de libertad republicana que tiene en Aristóteles uno de sus precursores: una persona no puede considerarse libre si no tiene la existencia material garantizada. ¿Qué es un pobre o un rico para un republicano, por tanto? En economía llamamos pobre a una persona con ingresos por debajo del umbral de pobreza. Umbral de pobreza que a su vez se define como un valor igual al 60% de la media del PIB per cápita. Para un republicano, un pobre es, en cambio, el que no posee recursos suficientes y se “alquila” a sí mismo trabajando, sin tener otra elección; este individuo depende, así pues, de los demás para existir socialmente. ¿Y quiénes son, en cambio, los ricos? No específicamente los que nadan en la abundancia sino más bien aquellos que tienen una existencia material garantizada y que, por consiguiente, no necesitan de otros para existir socialmente, es decir, normalmente, los propietarios. Un pobre no es libre, puesto que, privado de medios de subsistencia, está sujeto a la arbitrariedad de quienes detentan el poder, que no son otros que los más ricos.

Recientemente Yanis Varoufakis se ha manifestado también acerca de la necesidad de una renta básica para evitar una fuerte inestabilidad social. ¿Qué es lo que está volviendo tan apremiante hoy la necesidad de esa medida económica

Entre las primeras motivaciones podemos citar las políticas neoliberales y, más recientemente, las de austeridad que, desde los años 70 en adelante, están reconfigurando de modo dramático nuestros sistemas de bienestar. Tenga presente que hoy ya no disfrutamos de ese welfare state “glorioso” que caracterizó los años 50, 60 y 70. En realidad, lo que ocurre desde los años 70 en adelante, con los pioneros del neoliberalismo Reagan y Thatcher, es una verdadera y auténtica contrarreforma que daña el Estado del Bienestar. Hay que hacer notar, de hecho, una cosa interesantísima que a menudo se olvida: durante los años 40 y 50, y especialmente en los 50 y 60, en los Estados Unidos y en el Reino Unido los más pudientes pagaban una tasa marginal que podía alcanzar el 90%, 92%, porcentaje que ha disminuido drásticamente desde los 70 hasta hoy. El proceso de reforma neoliberal se ha acelerado además posteriormente a partir de la reciente crisis financiera y las consiguientes políticas de austeridad. Aquí en el Reino de España, por ejemplo, las grandes reivindicaciones de la patronal y los partidos de derechas como, pongamos por caso, mayores facilidades de contratación, despido y ausencia de salario mínimo interprofesional se han conseguido casi todas. No es casual, por lo tanto, que Warren Buffett haya llegado a admitir, como es sobradamente repetido (pero no creo que cabalmente comprendido) en el New York Times que “hay una lucha de clases, vale, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra, y va ganando”. Si se añaden luego los resultados de un reciente estudio de Oxfam según el cual 62 personas de todo el mundo poseen la misma riqueza que el 50% de la población mundial, es algo sencillamente absurdo. La justificación habitual que se ofrece es que estas personas se han enriquecido tanto porque han aportado grandes mejoras a la sociedad. Pero cuando sabemos que, del 1% más rico de los EE.UU., el 40% había nacido ya en familias con patrimonios que superaban el millón de dólares, todo queda más claro. Es como empezar una carrera de 100 metros cuando algunos se encuentran en el metro 97. Ya sabemos quién va a acabar ganando. Cuando hablamos además del funcionamiento de una economía, esto no tiene nada que ver con la rapacidad de esta minoría y de los gobiernos que parecen estar a sus órdenes cuando se habla de redistribución: pensemos en la existencia de los paraísos fiscales y de las grandes ventajas que su presencia reporta a los más poderosos. Estas personas juegan con reglas distintas.

Hay luego otros problemas que han surgido recientemente y hacen de la renta básica algo todavía más urgente. Me refiero a la mecanización del trabajo, sobre todo a la robotización del trabajo. Según un famoso estudio de Oxford, en efecto, dentro de pocas décadas cerca del 47% de las profesiones las desempeñarán robots. En breve me llegará además una información a propósito de otras investigación de resultados impresionantes: a algunos estudiantes del primer año de informática se les pidió que evaluaran la calidad de las respuestas recibidas de un grupo de profesores. Entre estos docentes había también un robot y todo el procedimiento se desarrolló “online” para evitar que lo descubrieran los estudiantes. ¿Sabe quién ha sido el profesor más votado? Precisamente el robot. El robot estaba en condiciones de desarrollar un trabajo altamente cualificado como es responder a las preguntas de los alumnos del primer año de universidad; el 95% de las respuestas era además correctísimo. Los ingenieros que lo han programado dicen además que dentro de dos años este robot estará en condiciones de dar respuestas también a los estudiantes de último curso. Es tremendo.

Así pues, la renta básica podría ser tanto una forma tanto de redistribuir la riqueza como de afrontar este futuro de incertidumbre provocado, entre otras cosas, por las nuevas tecnologías…

Exacto. La renta básica podría representar, junto a otras reformas económicas, evidentemente, un freno a esta situación. Y aún más, como decíamos antes, gracias a la renta básica lograremos sí que toda la población goce de una existencia material garantizada: entrega 7.481 euros al año a toda la ciudadanía del Reino de España y, obviamente, no basta para salir de fiesta todas las noches, pero por lo menos permite a todo el mundo una existencia digna. Esto es política económica. No se trata de una medida de política económica que beneficie a toda la población o perjudique a toda la población. La renta básica sería, por tanto, una apuesta a favor de la población no rica. Y aunque sea una apuesta, no creo que el resultado sea negativo; ya hemos visto de hecho adónde nos han llevado decisiones opuestas. Al menos por una vez podemos intentar cambiar de rumbo.

(La entrevista la realizó Valentino Masucci para L´Undici).

Traducción: Lucas Antón

Fuente: www.sinpermiso.info