La desigualdad se ha estudiado sobre todo desde la economía, la sociología y la ciencia política —fiscalidad, mercados de trabajo, financiarización, concentración de la riqueza, clases sociales, movilidad…—. Son marcos imprescindibles, pero dejan relativamente al margen unas preguntas: ¿Qué hace la desigualdad al cuerpo y a la mente de quienes la viven, y qué nos dice esto sobre por qué debería importarnos? La biología aporta conocimiento muy útil para las ciencias sociales. Y no solamente en una dirección: biología-sociedad. También lo aporta en la dirección contraria: sociedad-biología.
Antes de entrar en materia aclaremos una suspicacia que viene de lejos. ¿Por qué las ciencias sociales han mirado tradicionalmente con recelo cualquier explicación biológica de los fenómenos sociales? Desde el darwinismo social (fue Herbert Spencer quien introdujo el concepto “supervivencia del más apto”, pero en biología “más apto” significa más descendencia en un entorno dado, no más fuerte o más valioso o mejor) hasta la eugenesia de comienzos del siglo XX, las explicaciones biológicas de la desigualdad se habían usado sistemáticamente para justificar el racismo, el sexismo y el colonialismo, presentando como “naturales” e inevitables jerarquías que eran, en realidad, elaboraciones históricas y políticas sin respaldo científico cuando no directamente pura verborrea pseudoacadémica. Un caso fantástico de falacia naturalista sobre la que más adelante se volverá.
Las cautelas políticas a la biología
Este recelo se reactivó con fuerza en 1975, cuando el biólogo Edward O. Wilson publicó Sociobiology: The New Synthesis, extendiendo la teoría evolutiva a la conducta social humana (solamente en el último capítulo del libro). La reacción fue inmediata: Stephen Jay Gould y Richard Lewontin, junto con otros científicos de Boston, formaron el Sociobiology Study Group y denunciaron públicamente que este tipo de teorías corrían el riesgo de servir, una vez más, de coartada científica para el racismo, el sexismo y el statu quo social, atribuyendo a la genética lo que en realidad eran desigualdades de origen histórico y político. Conviene matizar, sin embargo, que la propia sociobiología no era políticamente homogénea, y que reducir la controversia a “sociobiólogos conservadores frente a críticos de izquierdas” sería una simplificación injusta, además de grosera. Robert Trivers, uno de los sociobiólogos más influyentes de esta primera generación, aunque él rechazase el nombre de la sociobiología y siempre se definió como biólogo evolutivo, —autor de las teorías del altruismo recíproco y de la inversión parental (Trivers, 1971) que siguen siendo centrales en la disciplina—, era él mismo un militante de izquierdas y antirracista declarado: llegó a afiliarse al Partido de las Panteras Negras en 1979 y mantuvo una estrecha amistad con su fundador, Huey Newton, con quien coescribió un texto sobre el accidente del vuelo 90 de Air Florida de enero de 1982 (Trivers y Newton, 1982). La controversia de 1975, por tanto, no oponía necesariamente una ciencia reaccionaria a una crítica progresista[1], sino que reflejaba un desacuerdo genuino, también entre científicos de izquierdas, sobre cuánto peso explicativo podía atribuirse a la biología sin abrir la puerta a su mal uso político. Ese desacuerdo, bien entendido, sigue siendo legítimo y saludable hoy: la cautela metodológica no debería depender de la orientación política de quien investiga, sino del rigor con que se interpreten los resultados.
Trivers expuso claramente que el divorcio de las ciencias sociales con la biología “tiene unos efectos devastadores”. Así, buena parte de los científicos sociales, según Trivers, “tienen la libertad de fundamentar sus argumentos en cualquier cosa que se les ocurra y de proseguir con esa política todo el tiempo” (2013: 323). No como las ciencias naturales: “La física se apoya en las matemáticas; la química, en la física; la biología, en la química”. Las ciencias sociales del siglo XX prefirieron dejar la biología completamente al margen (Mundó y Raventós, 2000). Alguna investigación reciente (Ghirardi y Bernardi, 2025) muestra por qué merece la pena superar ese reflejo, y no simplemente invertirlo: la mejor evidencia biológica actual no habla de destinos fijados por los genes, sino de una interacción constante entre disposición genética y contexto social, en la que el contexto —la familia, la política pública, el grado de desigualdad de una sociedad— determina cuánto llega a pesar, en la práctica, esa disposición. Dicho de otro modo: incorporar la biología no debilita a quien defiende tesis igualitaristas, sino que aporta otra vía de evidencia, independiente de la economía y la sociología, para sostenerlo, y permite además distinguir con precisión entre lo que la ciencia realmente muestra y las lecturas deterministas —tan atractivas mediáticamente como infundadas— que históricamente se han hecho de ella. Las lecturas deterministas fuertes son hoy minoritarias en la academia, aunque no han desaparecido del debate público.
Reivindicando la biología para entender la sociedad
Algunas investigaciones apuntan en la dirección de la incorporación biológica a la comprensión de realidades sociales. Una muestra de algunas pocas, pero significativas, puede ser la siguiente. Sarah Brosnan y Frans de Waal demostraron en 2003 que los monos capuchinos rechazan una recompensa —incluso una que antes aceptaban de buen grado— si observan que otro individuo recibe una recompensa mejor por el mismo esfuerzo (Brosnan y de Waal, 2003). La aversión a la inequidad parece tener según los autores, así, un origen evolutivo anterior a la especie humana.
Robert Sapolsky ha observado, tras más de treinta años de estudio de babuinos salvajes en Kenia, que los machos de rango social bajo presentan niveles crónicamente elevados de cortisol, la llamada hormona del estrés, y peor salud cardiovascular que los de rango alto, no por carencia de recursos sino por su posición subordinada en la jerarquía (Sapolsky, 2004 y 2005). Con sus palabras: “La jerarquía tiene que ver con el dominio, no con la simetría y la igualdad.” Incluso el “último” Sapolsky (2023), negador del libre albedrío[2], declara por activa y por pasiva que no es determinista genético puesto que los genes pueden producir efectos muy distintos según diferentes entornos. Un patrón análogo encontró Michael Marmot en los estudios Whitehall de 18.000 funcionarios varones británicos, a partir de 1967, y de 10.000 funcionarios hombres y mujeres, a partir de 1985: a menor rango jerárquico, peor salud y mayor mortalidad, incluso sin pobreza ni diferencias de acceso sanitario (Marmot, 2004). Bruce McEwen dio nombre técnico a este desgaste acumulado: allostatic load, o carga alostática (McEwen y Stellar, 1993; McEwen y Seeman, 1999). En breve: La “carga alostática” es el concepto para describir el desgaste fisiológico acumulado que sufre el cuerpo cuando sus sistemas de adaptación al estrés se activan de manera repetida o crónica. La relación de un bajo nivel socioeconómico con una elevada carga alostática también interesa a Sapolsky “ya que el cuerpo se encuentra en una batalla constante e infructuosa por volver a un estado normal y sin estrés.” La cuestión que importa es que “mientras que el nivel socioeconómico de un adulto predice el desgaste alostático, el nivel socioeconómico durante la infancia deja una huella más profunda que perdura toda la vida” (Sapolsky, 2018).
Nancy Krieger ha propuesto la teoría ecosocial, ya en 1994, y el concepto de embodiment —incorporación biológica— “que se refiere a cómo incorporamos literalmente, a nivel biológico, el mundo material y social en el que vivimos, desde la concepción hasta la muerte; un corolario es que ningún aspecto de nuestra biología puede entenderse sin el conocimiento de la historia y de los modos de vida individuales y sociales” (Krieger, 2001: 672). Es el marco que evita reducir la salud a la genética individual o, al contrario, hablar de desigualdad sin ningún correlato físico medible.
Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir sostienen que la escasez de recursos consume una parte significativa de la capacidad cognitiva disponible —el llamado “impuesto al ancho de banda mental”—, de modo que quien vive con incertidumbre económica constante toma peores decisiones no por falta de capacidad, sino porque buena parte de sus recursos mentales están ocupados gestionando la propia escasez (Mullainathan y Shafir, 2013). Como ellos mismos apuntan: “es fácil confundir una mente ‘cargada de escasez’ con una mente por naturaleza menos capaz”. O “la escasez reduce directamente el ancho de banda mental; no la capacidad inherente de una persona, sino la capacidad disponible en un momento.”
Richard Wilkinson y Kate Pickett (Wilkinson y Pickett, 2009 y 2018) sostienen que un mecanismo emparentado, el estrés vinculado a la comparación y al estatus, opera a escala de sociedades enteras: las más desiguales, medidas con el coeficiente de Gini, tendrían peores indicadores de salud media, incluso entre los ricos. No son asociaciones que estén libres de debate metodológico.
La investigación más reciente en sociogenómica, cómo los genes influyen en nuestra vida social y cómo la vida social influye en nuestros genes, va por el mismo camino. Un estudio publicado en 2025 en Nature Human Behaviour sostiene que el estatus socioeconómico es una realidad social con componentes heredables y consecuencias genéticas: las personas heredan trasfondos genéticos vinculados a rasgos que ayudan a alcanzar o conservar una posición social, pero esos mismos efectos genéticos dependen del contexto en que se despliegan (Visscher et al., 2025). Un estudio de 2025 sobre trayectorias educativas muestra, en efecto, que el peso del factor genético en el éxito escolar se reduce cuando los progenitores tienen más estudios, lo que indica que una familia con recursos puede compensar una menor predisposición genética, mientras que una familia sin recursos tiene dificultades para hacerlo del mismo modo (Ghirardi y Bernardi, 2025).
Hay una vía más directa por la que la desigualdad se incorpora al cuerpo sin necesidad de que cambie una sola letra del ADN: la epigenética, es decir, las modificaciones químicas —sobre todo la metilación del ADN— que regulan si un gen se activa o permanece silenciado, sin alterar la secuencia genética subyacente. La sociogenómica y la epigenética son al fin y al cabo complementarias. En humanos, Thomas McDade y su equipo encontraron en 2019, a partir de una muestra filipina de casi 500 personas, que haber vivido en la pobreza durante la infancia se asociaba con patrones distintivos de metilación en cerca de 2.500 posiciones del genoma —en torno al 10 % de los genes estudiados—, muchos de ellos relacionados con el desarrollo inmunológico y neurológico (McDade et al., 2019). Y un estudio con población estadounidense de origen diverso encontró que la posición socioeconómica a lo largo de toda la vida, no solo en la infancia, se asocia con la metilación de genes implicados en la reactividad al estrés y la inflamación (Needham et al., 2015). Es, en cierto modo, la confirmación molecular más concreta de la idea de Nancy Krieger: la desigualdad no solo se “incorpora” metafóricamente, sino que puede dejar una marca química rastreable en el genoma. Hay que ser cautelosos en lo que todo ello “predice”. Es difícil a veces poder evaluar con precisión si estos estudios distinguen con suficiente solidez una señal biológica real de un artefacto del diseño experimental. También la pangenómica puede aportar algo a la relación entre biología y desigualdad, pero en otra dirección: no sobre cómo la desigualdad afecta a nuestros cuerpos, sino sobre cómo ha podido sesgar las herramientas con que se estudia la biología humana (Rozas, 2023). El genoma de referencia humano no es el de una persona típica ni una media de la humanidad, sino un mosaico construido a partir de un número reducido de donantes, y las poblaciones de ascendencia europea han estado sobrerrepresentadas en algunos de los estudios genómicos. Los pangenomas intentan corregir parte de ese sesgo, aunque hoy ya no existe una única referencia.
Lo que es, pero…
La ciencia en general, y la biología como parte de ella, nos dice lo que se puede y no se puede hacer, no lo que hay que hacer. Ni, por supuesto, lo que es o no justo. La biología describe un daño medible, pero no dice por sí sola por qué ese daño es injusto. Para definir lo que se considera injusto y para obtener una respuesta a la injusticia, se precisa de una concepción determinada de lo que es o no justo. De no ser así podemos incurrir en la falacia naturalista a la que antes se ha aludido. La falacia naturalista es un error lógico que se comete cuando se deduce un valor o un principio ético a partir de una descripción de la realidad natural sin una justificación adecuada. Deducir el darwinismo social a partir de la evolución por selección natural darwinista es una de las falacias naturalistas más campanudas. Ejemplo claro de la falacia del “es-debe” (Hume): de una descripción de lo que ocurre no se sigue lo que debe ocurrir. En sentido estricto, la “falacia naturalista” de G. E. Moore, dirigida precisamente contra Spencer, consiste en identificar “bueno” con una propiedad natural. La naturaleza no describe lo que es justo o no. Lo que pueda o no ser justo lo responde, o intenta hacerlo, una teoría de la justicia. Y, en mi opinión, la tradición de la libertad republicana y en particular su versión republicano-socialista, lo hace especialmente bien.
Voy a resumir la tradición republicana y su versión republicano-socialista tomando algunas referencias: (Domènech, 2004), (Casassas, Martínez-Cava y Raventós, 2020), Leipold (2024), (Casassas y Raventós, 2025) y (Bollain y Raventós, 2026). A su vez las referencias de la mayor parte de estos autores son de Aristóteles (2000), Maquiavelo (2000), Jefferson (1785), Robespierre (1793) y muchos teóricos socialistas, destacadamente Marx y Engels. Nadie es libre si depende de la voluntad arbitraria de otro, si tiene que pedir permiso para existir socialmente. Esta idea tiene una consecuencia que debe enfatizarse: si depender de la voluntad ajena imposibilita la libertad, entonces poseer un poder desproporcionado sobre los demás —como el que otorgan las grandes fortunas— convierte a quien lo posee en una amenaza estructural para la libertad ajena, con independencia de que llegue a ejercer ese poder de forma efectiva. Basta con que pueda hacerlo a su voluntad, arbitrariamente. La crítica republicano socialista de la desigualdad no es una preferencia igualitarista abstracta, sino una extensión directa del argumento republicano clásico contra el poder arbitrario: el capital concentrado en pocas manos no es solo una injusticia distributiva, es una forma de dominación que priva de libertad a quienes dependen de él para vivir. La crítica republicano socialista de la desigualdad es, de forma meridianamente clara, una defensa de la libertad. De ahí la incompatibilidad de la democracia y las grandes fortunas que podemos encontrar en el pensamiento republicano. La defensa republicana de la libertad debe operar necesariamente en dos frentes a la vez: garantizar una base material que otorgue poder de negociación a todas las personas, y controlar las grandes acumulaciones de riqueza y poder económico mediante interferencias no arbitrarias de los poderes públicos. Es decir, la propia tradición republicano socialista ya identificaba, antes de que la biología aportara evidencias, que el problema tiene dos caras: la carencia de los de abajo y el poder de los de arriba. La tradición republicana habla de dominium cuando la dominación se da en los ámbitos privados de la vida social —el mercado de trabajo, el hogar—; habla de imperium cuando la dominación arraiga en la capacidad de los poderes públicos de abandonar la promoción del interés colectivo para ponerse al servicio de intereses particulares. Quien ejerce dominium sobre personas y objetos, amparado en una supuesta soberanía absoluta sobre su propiedad, suele adquirir también la capacidad de ejercer imperium, poniendo a su servicio a los poderes públicos y a sus conciudadanos: de ahí que el republicanismo democrático haya insistido siempre en que la propiedad no es un derecho natural, sino un poder reconocido socialmente que debe estar regulado por el derecho público. El socialismo aportó al republicanismo la actualización de los principios de la libertad republicana a las condiciones del siglo XIX donde la estructura de la propiedad había sido transformada y, aportación decisiva, el desarrollo del capitalismo hacía imposible la universalización de la propiedad.
Recapitulemos. ¿Por qué es moralmente deplorable, entonces, la desigualdad extrema y la gran riqueza? No solo porque deje a algunos sin lo necesario —el argumento de la pobreza—, sino porque otorga a unos pocos un poder que ninguna comunidad libre debería tolerar que existiera, se use o no de forma manifiestamente abusiva. La posibilidad de hacerlo es suficiente. Un esclavista exquisito con sus esclavos no supone que siempre sea tan magnánimo, puede cambiar de parecer a voluntad. Por un simple cambio de humor, por ejemplo. Un esclavo no es libre porque su amo le haga la vida más fácil. La incompatibilidad de las grandes fortunas con la libertad republicana es un argumento sobre la estructura del poder, sobre el dominio, sobre la explotación. No solo sobre el reparto de bienes.
Las líneas biológicas y filosófico-políticas, y más concretamente la republicano socialista, convergen en dos propuestas de política pública que no compiten entre sí, sino que se necesitan mutuamente. Estas dos propuestas las resumió, en una entrevista de 2018 Antoni Domènech, con una fórmula que merece citarse en extensión: “pocas cosas contribuirían tanto a frenar la capacidad de los imperios privados para desafiar a los poderes públicos democráticos como una renta básica que, al garantizar un mínimo de existencia social para todos, se batiera también por limitar a un máximo compatible con la vida política republicana normal el volumen de ingresos de cada ciudadano”.
El suelo. Una renta básica que beneficie a la inmensa mayoría de la población no rica (Arcarons, Raventós y Torrens, 2020), al eliminar la dependencia forzosa de un empleador, una pareja o una administración, ataca directamente el elemento que tanto la biología del estrés y de la salud mental (falta de control, imprevisibilidad), como la filosofía republicana (dominación) señalan como más dañino. Una tesis doctoral del año 2016 (S. Raventós, 2016) era muy explícita sobre el primer aspecto en el mismo título: “Desigualtat socioeconòmica i salut mental: la proposta d’una renda bàsica per a protegir i promoure la salut mental.”
El techo. Una renta y una riqueza máximas son propuestas que limitan, respectivamente, la renta y el patrimonio neto total que una persona puede acumular y conservar, con independencia de cómo lo haya obtenido. Diversos autores y autoras (Bertomeu y Raventós, 2020; Pizzigati, 2018; Robeyns, 2019 y 2024), entre otros, proponen unos umbrales determinados por encima de los cuales la riqueza adicional deja de aportar bienestar a quien la posee y empieza a aportar, en cambio, un poder político y social desproporcionado. Para poner en su justo lugar la situación: con números estrictamente oficiales, menos del 1 % de la población del reino de España dispone de un patrimonio superior a 500.000 euros, y ese mismo grupo concentra el 8,3 % de la renta total de esta economía (Arcarons y Raventós, 2024).
Si Wilkinson y Pickett, entre otros, tienen razón en que lo que enferma a una sociedad es el gradiente de desigualdad, y no solo la existencia de un mínimo garantizado, entonces una renta básica sin techo en la parte alta de la distribución dejaría ese gradiente “demasiado vivo”. Y si el republicanismo socialista tiene razón en que la gran riqueza es una forma de dominación con independencia de cómo se reparta la pobreza, entonces ningún suelo, por generoso que sea, resuelve el problema por sí solo. Se necesita un techo. La renta básica ataca la falta de control desde abajo; la renta y la riqueza máximas atacan el exceso de poder desde arriba debido a la acumulación de riqueza. Es la misma lógica aplicada a los dos extremos sociales: a los que no tienen la existencia garantizada y a los que la tienen de forma desproporcionadamente opulenta. Es Wilkinson (2020) que finaliza uno de sus libros con esta contundente sentencia: “las dimensiones importantes del entorno social para el bienestar humano son la libertad, la igualdad y la fraternidad”. Lo que suena como música genuinamente republicana.
(Agradezco a Julio Rozas los comentarios que me ha hecho llegar de este artículo, incluidos los realizados mientras dábamos buena cuenta de excelentes comidas, aunque la responsabilidad del resultado con los errores que pueda haber es solamente mía).
Referencias
Arcarons, J., Raventós, D., y Torrens, L. (2020). Modelos de financiación para una Renta Básica. Revista Internacional de Pensamiento Político, 15, 23-36.
Arcarons, J., y Raventós, D. (2024). La riqueza y la pobreza: los números oficiales del Reino de España. Sin Permiso. https://www.sinpermiso.info/textos/la-riqueza-y-la-pobreza-los-numeros-oficiales-del-reino-de-espana
Aristóteles (2000). Política (M. García Valdés, Trad.). Madrid: Gredos.
Bertomeu, M. J., y Raventós, D. (2020). Renta Básica y Renta Máxima: una concepción republicano-democrática. Daimon. Revista Internacional de Filosofía, 81, 197-213.
Bollain, J., Raventós, D. (2026). Reclaiming Basic Income: A Republican-Socialist Path to Freedom. Political Studies Review, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/14789299261429771. Hay traducción en https://www.sinpermiso.info/textos/reivindicar-la-renta-basica-un-camino-republicano-socialista-hacia-la-libertad
Brosnan, S. F., y de Waal, F. B. M. (2003). Monkeys reject unequal pay. Nature, 425(6955), 297-299.
Casassas, D., y Raventós, D. (2025). “Fundamentación republicanosocialista de la Renta Básica”. En D. Medina y S. Raventós (eds.), Quan convé seguem cadenes. Per una Renda Bàsica a Catalunya. Barcelona: Manifest. Hay traducción en https://www.sinpermiso.info/textos/filosofia-y-politica-del-republicanismo-socialista
Casassas, D., Martínez-Cava Aguilar, J., y Raventós, D. (2020). Socialismo y renta básica. Razones republicanas de la propuesta. Revista Internacional de Pensamiento Político, 15, 37-56.
Domènech, A. (2004). El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Barcelona: Crítica. Reedición de Akal de 2019.
Gould, S. J., Lewontin, R. C., y Sociobiology Study Group (1975). Against “Sociobiology”. The New York Review of Books, 22(18).
Ghirardi, G., y Bernardi, F. (2025). Compensating or boosting genetic propensities? Gene-family socioeconomic status interactions by educational outcome selectivity. Social Science Research, 129, 103174.
Jefferson, T. (1785). Carta a James Madison, 28 de octubre de 1785. Founders Online, National Archives.
Krieger, N. (2001). Theories for social epidemiology in the 21st century: an ecosocial perspective. International Journal of Epidemiology, 30(4), 668-677.
Leipold, B. (2024). Citizen Marx: Republicanism and the Formation of Karl Marx’s Social and Political Thought. Princeton: Princeton University Press.
Maquiavelo, N. (2000). Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Madrid: Alianza Editorial.
Marmot, M. (2004). Status Syndrome: How Your Social Standing Directly Affects Your Health and Life Expectancy. Londres: Bloomsbury.
Mattei, C. (2023). Escapar del capitalismo. Móstoles: Capitán Swing.
McDade, T. W., et al. (2019). Genome-wide analysis of DNA methylation in relation to socioeconomic status during development and early adulthood. American Journal of Physical Anthropology, 169(1), 3-11.
McEwen, B. S., y Stellar, E. (1993). Stress and the individual: mechanisms leading to disease. Archives of Internal Medicine, 153(18), 2093-2101.
McEwen, B. S., y Seeman, T. (1999). Protective and damaging effects of mediators of stress: elaborating and testing the concepts of allostasis and allostatic load. Annals of the New York Academy of Sciences, 896, 30-47.
Mullainathan, S., y Shafir, E. (2013). Scarcity: Why Having Too Little Means So Much. Nueva York: Times Books.
Mundó, J., y Raventós, D. (2000). Fundamentos cognitivo-evolucionarios de las ciencias sociales. Revista Internacional de Sociología Tercera Época, n° 25, Enero-Abril, 2000, pp. 47-74.
Needham, B. L., Smith, J. A., Zhao, W., et al. (2015). Life course socioeconomic status and DNA methylation in genes related to stress reactivity and inflammation: the Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis. Epigenetics, 10(10), 958-969.
Oxfam (2026). Informe de desigualdad global (billionaire wealth report).
Pizzigati, S. (2018). The Case for a Maximum Wage. Cambridge: Polity Press.
Raventós, D. (2003). “El marxismo analítico”. En Salvador Giner (coord.), Teoría sociológica moderna. Barcelona: Ariel.
Raventós, D. (2007). Basic Income: The Material Conditions of Freedom. Londres: Pluto Press. Traducción castellana en Ed. Montesinos.
Raventós, S. (2016). Desigualtat socioeconòmica i salut mental: la proposta d’una renda bàsica per a protegir i promoure la salut mental (tesis doctoral). Universitat Autònoma de Barcelona.
Robespierre, M. (1793). Proyecto de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Robeyns, I. (2019). What, if anything, is wrong with extreme wealth? Journal of Human Development and Capabilities, 20(3), 251-266.
Robeyns, I. (2024). Limitarianism: The Case Against Extreme Wealth. Londres: Allen Lane.
Rousseau, J.-J. (1755). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.
Rozas, J. (2023). ¿Qué es y para qué nos sirve el pangenoma humano? Pasado, presente y futuro.
Sapolsky, R. M. (2004).
Sapolsky, R. M. (2005). The influence of social hierarchy on primate health. Science, 308(5722), 648-652.
Sapolsky, R. M. (2018). Cómo la desigualdad económica causa un daño biológico real. https://www.sinpermiso.info/textos/como-la-desigualdad-economica-causa-un-dano-biologico-real Traducido de https://www.scientificamerican.com/article/how-economic-inequality-inflicts-real-biological-harm/
Sapolsky, R. M. (2024). Decidido: Una ciencia de la vida sin libre albedrío. Móstoles: Capitan Swing.
Trivers, R. L. (1971). The evolution of reciprocal altruism. The Quarterly Review of Biology, 46(1), 35-57.
Trivers, R. L. (2013). La insensatez de los necios. La lógica del engaño y del autoengaño en la vida humana. Móstoles: Clave intelectual-Katz.
Visscher, P. M., et al. (2025). Socio-economic status is a social construct with heritable components and genetic consequences. Nature Human Behaviour, 9, 864-876.
Wilkinson, R. (2020). The Impact of Inequality: How to Make Sick Societies Healthier. Abingdon: Taylor and Francis.
Wilkinson, R., y Pickett, K. (2009). The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better. Londres: Allen Lane.
Wilkinson, R., y Pickett, K. (2018). The Inner Level: How More Equal Societies Reduce Stress, Restore Sanity and Improve Everyone’s Well-being. Londres: Allen Lane.
Wilson, E. O. (1975). Sociobiology: The New Synthesis. Cambridge, MA: Harvard University Press.
World Inequality Lab (2026). World Inequality Report 2026. París: World Inequality Lab.
[1] Rechazar esa dicotomía no implica negar que la ciencia sea una actividad social, cosa evidente. Las condiciones sociales influyen en qué se investiga, con qué muestras, con qué prioridades y quién lo financia, y las desigualdades pueden dejar huella en las herramientas mismas de la investigación (como se verá más adelante con la pangenómica). Ahora bien, una cosa es el contexto en que se produce el conocimiento y otra su validez: que una teoría surja de ciertos intereses, o que sea usada políticamente, no decide si es verdadera ni falsa, y por eso la crítica ideológica no puede sustituir a la evaluación de la evidencia (inferir la falsedad o la verdad de una teoría por su origen es incurrir en la llamada falacia genética, que no tiene que ver con los genes, sino cuando se juzga la validez, verdad o calidad de una idea, persona, objeto o institución basándose únicamente en su origen, su causa inicial o quién la creó). Lo que debe rechazarse es la idea de que existan métodos o ciencias propios de una clase, un sexo, una raza o un “sistema”. El caso paradigmático es la contraposición entre “ciencia burguesa” y “ciencia proletaria” (Raventós, 2003: 144) promovida en la URSS en pleno estalinismo, que sirvió para perseguir a genetistas (como es el caso destacado de Nikolái Vavilov, que murió de hambre en la prisión de Saratov en 1943 a los 55 años) y para frenar la genética durante décadas, cuando el delirante lysenkismo se impuso como doctrina oficial del estalinismo. La física “aria” promovida en la Alemania nazi, frente a una supuesta física “judía”, es otro ejemplo de la misma lógica. En ambos casos se sustituyó la contrastación empírica por una etiqueta política. Rechazar estas aberraciones que poco tienen que ver con la ciencia es compatible con reconocer que los valores influyen en la elección de problemas y en algunos supuestos de fondo, como ha señalado buena parte de la epistemología feminista, sin que ello implique una “ciencia femenina”.
[2] Sapolsky despliega esta idea en una secuencia que va de fracciones de segundo a millones de años (esquema elaborado a partir de Sapolsky, 2017 y 2024). Los niveles se solapan y no forman una cadena lineal, sino una red:
Segundos o milisegundos antes: actividad de la corteza prefrontal, la amígdala y el hipocampo; disparo de neuronas concretas y liberación de neurotransmisores.
Minutos a horas antes: niveles hormonales (cortisol, adrenalina, testosterona), hambre, sueño, estrés agudo y estado inmediato del entorno (ruido, olores, presencia de otras personas).
Días a semanas antes: ritmos circadianos, calidad del sueño acumulada, enfermedades leves y experiencias recientes que alteran el estado de ánimo.
Meses o años antes: experiencias significativas, estado emocional sostenido, plasticidad neuronal (nuevas sinapsis, hábitos aprendidos) y efectos del estrés crónico.
Infancia y adolescencia: crianza, apego, trauma, nivel socioeconómico y maduración de la corteza prefrontal, que se prolonga hasta la veintena (la cifra de 25 años es aproximada). Las conductas arriesgadas de la adolescencia se atribuyen además a una mayor sensibilidad del sistema de recompensa, no solo a esa inmadurez.
Vida fetal: exposición hormonal y nutricional en el útero y estrés materno, que modifican el desarrollo del cerebro antes de nacer.
Genética: la combinación concreta de variantes heredadas de los padres y su regulación epigenética, es decir, cómo el entorno modula la expresión de los genes sin cambiar la secuencia. Actúa a lo largo de toda la vida, no solo en un momento.
Generaciones anteriores (décadas a siglos): el entorno y el trauma de padres y abuelos condicionan la crianza y el entorno intrauterino. Que ese condicionamiento se transmita también por vía epigenética a través de generaciones es, en humanos, una hipótesis con evidencia limitada y muy discutida.
Cultura (siglos a milenios): tradiciones, religión, normas sociales y lenguaje. Se ha propuesto, por ejemplo, que un pasado pastoril o agrícola, o más individualista o colectivista, deja huella en las actitudes actuales, pero son hipótesis debatidas y no siempre replicadas.
Evolución (miles a millones de años): la selección natural que moldeó el genoma humano y las predisposiciones comunes de nuestra especie.
La cultura influye en la crianza, la crianza en la neurobiología y la evolución en la capacidad misma de tener cultura. Por eso Sapolsky insiste en que no puede aislarse una capa como “la causa”.
Su negación del libre albedrío no implica un determinismo genético, ni afecta a la libertad republicana, a la que me refiero al final de este artículo, que no depende de si nuestras decisiones son el resultado de causas previas, sino de que nadie esté sometido a la voluntad arbitraria de otro.
Fuente: www.sinpermiso.info, 18-10-2026








