Las sociedades más opulentas y las que no lo son nada generan ricachones y pobres de solemnidad. Este hecho, que el Informe sobre el desarrollo mundial 2000/2001: Lucha contra la pobreza del Banco Mundial constata, no es consecuencia de ninguna ley o certidumbre natural a la que no sería razonable oponer resistencia (como irrazonable sería resistirse a la evidencia de la ley de la gravedad, o a la seguridad de que compartimos un porcentaje mayor de ADN con los gorilas que con los caracoles). La pobreza es una opción social, es el resultado agregado, unas veces muy mediato e indirecto, otras, no tanto, de decisiones que toman personas —a veces, muy pocas— de carne y hueso. Como fabricar armas, como asegurar a determinado grupo el salario de por vida, como condenar a otros grupos a la más absoluta inseguridad laboral, como permitir que unos pocos acumulen fortunas fantásticas o como asignar una partida de los Presupuestos Generales a la Casa Real. Justificables o infames, estos pocos ejemplos son opciones sociales.

Allá más, aquí menos; pero muchos pobres por doquiera. La Unión Europea define a la persona pobre como aquélla que recibe unos ingresos inferiores a la mitad de la renta media del área geográfica de referencia. De la población del Reino de España, más de un 20 por ciento, es decir, alrededor de 8 millones de personas, cae por debajo del umbral o línea de la pobreza. Lo que quiere decir que se sostienen con menos de 50.000 pesetas al mes, cantidad redondeada que delimita el umbral de la pobreza. No son poca gente 8 millones.

Los remedios diseñados para hacer frente a la pobreza han sido muy diversos. Los tradicionales, es decir, los que se han practicado hasta ahora con más o menos fortuna, vistos los resultados, no han servido para mucho. Las diferencias, por el contrario, son mayores: ahora el 20 por 100 más rico de la población mundial tiene una proporción de 80/1 respecto al 20 por 100 más pobre. Hace 40 años era de 30/1. Los remedios tradicionales, además, acostumbran a estar pensados para el largo plazo. Mientras, se van muriendo por causa directa de la pobreza un buen puñado de millones de personas al año. No creo que, constatado este triste panorama, sea ni siquiera audaz proponer algún nuevo diseño, como el que inmediatamente mencionaré. Este diseño, que no necesariamente es incompatible con algunos de los tradicionales (educación, sanidad, eliminación de las discriminaciones…), es urgente hacerlo realidad porque la alternativa ya la sabemos: pobreza creciente. Es decir, hambres, muertes y sufrimientos de los que pueden evitarse.

Hace tres lustros, y aunque ideas similares pueden rastrearse desde mucho antes, surgió una nueva propuesta contra la pobreza, aparentemente descabellada, con toda seguridad a contracorriente de los dogmas del momento, descarada hasta el insulto y sencilla como toda buena propuesta de reforma social: la Renta Básica (RB). La RB (o subsidio universal garantizado o renta de ciudadanía, como también ha sido bautizado el mismo concepto) es ni más ni menos que un ingreso pagado por el estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad, incluso: si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre, esto es, independientemente de sus otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.

La propuesta de la RB, que está rompiendo los límites académicos en donde nació y se tuvo que ganar solidez analítica, no está pensada sólo para países o zonas ricas. Si bien los desarrollos técnicamente más refinados se han dado en zonas económicamente ricas, hay propuestas y simpatías por algunas versiones de la RB en países que no pueden ser englobados entre los ricos.

La RB, precisamente por su sencillez, parece incordiar a quienes reflexionan precipitadamente, o andan abonados a las fórmulas hechas. Que incomode a ciertos ideólogos de la derecha política o intelectual, es normal. La cantinela es la de siempre: interfiere en las asignaciones del mercado y esto crea ineficiencias, cría vagos, hace a la gente poco responsable. Más extraño es que parezca incomodar también en algunos ambientes de izquierda, pero a lo mejor tiene su explicación: tener que pensar con propuestas que abandonan buena parte de lo repetido durante décadas (la centralidad del trabajo asalariado, por ejemplo) es más mortificante que la cansina repetición de lo mismo.

Pero salvadas algunas objeciones técnicas (algunos Premios Nobel de Economía ya avalan la seriedad de la propuesta de una RB), se puede conjeturar que la idea de garantizar políticamente una subsistencia digna a los ciudadanos de un país democrático, por el sólo hecho de ser ciudadanos, es una idea de tal fuerza normativa, que acabará barriendo a todas las consideraciones de oportunidad que puedan oponérsele.

También la idea del sufragio universal, la idea de conceder el voto a todos, independientemente de su nivel de renta, de su instrucción, o de su género, tuvo ilustres y respetables enemigos en la derecha (por razones de principio) y en la izquierda (por consideraciones de oportunidad política). Esa “sensata” oposición fue lenta pero vigorosamente barrida de la opinión pública por una idea sencilla y éticamente irresistible. No se puede entender hoy la democracia y la libertad sin el triunfo definitivo del sufragio universal. Tampoco se entenderá en el futuro —o ese es, al menos, mi augurio— la democracia y la libertad sin la renta ciudadana universal, es decir, sin la garantía política del derecho de existencia económica y social a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo.

El País, 1-10-00