El profesor Botella ha manifestado, en el número anterior de treball (enero 2002) su desacuerdo con la propuesta de una renta básica universal. El tono sereno de sus reflexiones ayuda no poco al debate en curso sobre dicha cuestión que se está desarrollando en los territorios académicos, políticos y sindicales. Con sumo gusto, un servidor terciará en la discusión, llevandole la contraria a Joan Botella. A tal fin, entraré por lo derecho en los grandes movimientos argumentales que el catedrático de Ciencia Política de la UAB ha expresado. Que son: a) la renta básica elimina el papel central del trabajo que tanto ha valorado la izquierda, y b) representaría una drástica eliminación del sector público. No obstante, me interesa aclarar dos aspectos que vienen a desmitificar algunas de las cosas que se han dicho o se pueden intuir por la pasión expositiva de algunos defensores de la propuesta: una, ciertamente la renta básica no es una “via capitalista al comunismo”; dos, no es ni la solución ni una solución a la pobreza. Lo de la via al comunismo es el título estridente de un libro del profesor Van Parijs como reclamo editorial; por eso sorprende que un académico como Botella haya contraatacado por ahí. Y sólo los conscientemente exagerados parecen defender el disparate de que la renta básica es una solución a la pobreza, asunto que debería dejar de lado el profesor Botella. Y dicho lo cual, vamos contra los grandes argumentos del artículo anterior.
El valor que históricamente se le ha dado al trabajo ha ido cambiando a lo largo de la historia. Las sociedades modernas tienen, pues, el contagio que la primera revolución industrial dio al trabajo. Pero ese constructo ni es un mandato sagrado, ni tiene que ser de esa manera por los siglos de los siglos. Más todavía, no sólo el valor del trabajo contaminó a las sociedades modernas sino que estas sociedades asumieron acríticamente las formas más relevantes de la organización del trabajo como el taylorismo y el taylofordismo. Mi punto de vista es: las izquierdas (políticas y sociales) han sido subalternas tanto del valor del trabajo como de las formas diversas de la organización del trabajo, que lo uno y lo otro han sido diseñadas, sólo y solamente, por el capitalismo. La gran virtud de nuestro amigo, el barbudo de Tréveris, no fue bendecir ambos asuntos, sino establecer su (razonada) crítica. Que eso, y no otra cosa, es El Capital. Un Marx que siempre previno de la foto fija, hablando de la necesidad de la permanente metaformosis de las ideas.
Ocurre, sin embargo, que tanto el valor del trabajo como el mismo trabajo están en crisis desde hace ya bastante tiempo. Asunto que vino a acentuar la caída del fordismo, un paradigma definitivamente agotado, no así el taylorismo. Que las izquierdas sociales y políticas sigan, todavía, en la clave cultural del fordismo no es otra cosa que la consecuencia del histórico contagio de todas ellas hacia el capitalismo y de la dificultad de formular nuevos paradigmas. Por eso sospecho que los contraargumentos del profesor Botella son ontológicamente fordistas. Y curiosamente vienen a consolidar esta asimetría: cuando el trabajo y su valor cambian, cuando el fordismo está ya (casi) en el cementerio, se formulan planteamientos ontológicamente fordistas para hacer una legítima crítica de, por ejemplo, la renta básica. Y entre ellos, la defensa de la prometéica y bíblica concepción del trabajo que nos metió en el tuétano de los huesos don Juan Calvino y sus posteriores seguidores.
Más todavía, la renta básica no es un planteamiento alternativo al Estado de bienestar; es un añadido a encajar en las políticas welfarísticas. De ahí que sorprenda la picardía conceptual del profesor Botella cuando afirma que la renta básica representaría una reducción drástica del sector público y, oblícuante, dice (con razón) que el Partido Popular está aumentando los impuestos indirectos y la desfiscalización. ¿Qué tiene que ver lo primero (que es incierto, y no demostrado por Botella) con lo segundo (que es verdad)? ¿Acaso este paralogismo es un coscorrón, como diciendo que los defensores de la renta básica se acercarían a los supuestos del Partido Popular? Joan Botella no puede caer, ni queriendo ni sin querer, en estos disparatados anacolutos. Repito, la renta básica es una variable más del polinomio welfarístico. De un Estado de bienestar que, se supone, requiere reformas que conduzcan a más y mejor Estado de bienestar, acompañadas de su correspondiente e idónea fiscalidad.
Punto final: el debate entre los amigos y las enemistades de la renta básica puede desarrollarse de manera fatal si unos se dedican a magnificar la cosa afirmando que es la via hacia el Paraíso y los otros a replicar que es una variación del neoliberalismo para seguir haciendo la puñeta a la gente. Ni a la gallina se puede disfrazar de pavo real ni es la manzana de la tentación a Eva. Se trata de una propuesta sobria que se inscribe en el mundo actual donde el valor del trabajo ha mutado profundamente y donde el trabajo ha cambiado de metabolismo, a pesar de que las izquierdas, mayoritariamentre, sigan erre que erre en un territorio conceptual de lo ya visto (y sufrido). Porque una cosa parece clara: si se cambian las reglas del juego (y el capitalismo lo está haciendo a todo meter) no se puede seguir jugando a la brisca con sus reglas fundacionales. A juego nuevo, normas nuevas. Y entre ellas, el nacimiento de un este nuevo derecho de ciudadanía, que viene a sacar del congelador tanto el Derecho como el iuslaboralismo. De manera que vamos a ver si practicamos aquella metamorfosis exigida por nuestro viejo amigo el barbudo, polemizando sin picardías ni solecismos.
Treball, n. 130, abril 2002








