Las malas noticias sobre despidos masivos se están multiplicando: la banca europea ha despedido 50.000 personas el año pasado, las líneas aéreas en su conjunto 120.000, desde el 11-S, multitud de grandes empresas anuncian despidos para el año en curso Opel 4000, Chrysler-Mercedes 6000, Ford 30.000, los cuatro grandes bancos alemanes 30.000, y la Bundesbahn otros tantos. Estudios científicos auguran además una sangría de millones de empleos en los próximos años, sobre todo, en el sector servicios (banca, seguros, administraciones, etc.). Ante este panorama, el ministro español de Trabajo y Asuntos Sociales, Juan Carlos Aparicio, aseguró recientemente «que el principal objetivo de la Presidencia española de la Unión Europea en materia laboral será el de avanzar en los grandes principios de la Cumbre de Lisboa, con el fin de que Europa sea capaz de alcanzar el pleno empleo en una década». (DV, 3-1-2002) ¿Cómo es posible que tras casi treinta años de paro estructural, los responsables políticos sigan diciendo estos disparates? ¿No entienden o no quieren entender que el empleo ya no es la solución a nuestros problemas sociales, económicos, medioambientales, etc., sino que la dependencia de él como único mecanismo para la distribución de la renta se ha convertido en su principal causa? Este mecanismo está caduco desde hace tiempo. Ya no se pueden vincular los ingresos necesarios para costearse una vida digna, (vivienda, consumo, alimentos, etc.), el acceso a la seguridad social (sanidad, paro, vejez), la definición del status social y hasta la identidad personal, sólo a él. Es simplemente cargarle demasiado. Ni con más crecimiento, ni con más cualificación, ni con nuevos productos, ni nuevos mercados, ni más dumping social vamos a volver al pleno empleo, tal como se ha entendido hasta ahora, y el que así lo siga proclamando o es estúpido o miente. Quizá mis palabras resulten tajantes, pero ya está bien de tanta tomadura de pelo.

Resulta cada vez más obvio que el proceso de expansión económica necesario para poder garantizar un empleo a cada ciudadano -en las condiciones tradicionales- está llegando a su fin, por lo que se impone reflexionar y debatir sobre mecanismos alternativos o, -como mínimo- complementarios, para evitar un creciente proceso de dualización social y marginalización de cada vez más grupos sociales, tal como se ha podido observar en las últimas tres décadas. Nuestros representantes políticos han esquivado este necesario debate hasta hoy, aferrándose al crecimiento económico como exclusivo remedio para resolver este problema. Especialmente a la izquierda le cuesta desprenderse de este modelo y su respuesta a la crisis del trabajo ha sido durante largo tiempo (y en algunos casos sigue siendo) el intento por extenderlo a ámbitos todavía no comercializados, reglamentados y profesionalizados para aumentar de esta manera la oferta de empleo (por ejemplo, amas de casa).

Todavía no se sabe si la sociedad del futuro se llamará «sociedad de ocio», «de comunicación», «de conocimiento», o de cualquier otra forma. Lo que sí está claro es que ya no será la sociedad del trabajo tal como la hemos conocido hasta ahora. Y cuanto antes aceptemos este hecho, antes podremos reflexionar y experimentar sobre alternativas y/o mecanismos complementarios, dado que el trabajo no desaparecerá, pero ya no tendrá la misma forma que hasta ahora. Por un lado, porque ya no será la exclusiva columna vertebral de nuestra existencia tanto para definir nuestro papel social como nuestra identidad individual, por otro lado, por su estructura. Es decir, el sueño de nuestros antecesores por «colocarse» con 15 ó 20 años en una empresa o, mejor todavía, en la administración para jubilarse con 65, está obsoleto, y no solamente porque los procesos de producción, y con ello la vida de las empresas, son hoy en día más cortos, sino también porque este sueño de antaño se ha convertido para la mayoría de nosotros en una auténtica pesadilla. Pero ¿cómo evitar que esta exigencia de flexibilidad, que resulta también de la combinación de los efectos de la globalización y del progreso técnico, se convierta en sinónimo de precariedad (por lo que los sindicatos se oponen tanto a ella)? En otras palabras, ¿cómo conseguir que esta necesidad de mayor flexibilidad, tanto en el interés de las empresas como en el de los trabajadores y empleados, ofrezca la suficiente seguridad que nos permita desarrollar un proyecto de vida, con lo que eso conlleva: crear una familia, comprar una casa o un piso etc.? Estas condiciones no se dan actualmente para la mayoría de los jóvenes activos -sobre todo en España- como así lo demuestra el hecho de que la mayoría de ellos vive con sus padres y que España tenga la cuota de nacimientos más baja del mundo. ¿Cómo, entonces, compensar esta mayor flexibilidad con mas seguridad, en suma, crear esta «flexiguridad», con la que se ha titulado este artículo? La única respuesta válida a esta pregunta se llama «renta básica», entendida como un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva. Más escuetamente: es un pago por el mero hecho de poseer la condición de ciudadanía, y no, como lo entiende, por ejemplo, la Administración vasca, un pago social para personas necesitadas y en situaciones precarias. Si somos capaces de crear la misma o incluso más riqueza trabajando menos, gracias -sobre todo- a las nuevas tecnologías resulta contraproducente insistir en el mecanismo de trabajo para distribuir esta riqueza. Ignorar este hecho nos lleva a la situación actual, a crear cada vez más pobreza, miseria y marginalización en medio de la abundancia. Más lógico me parece la idea de la renta básica, entendida como «dividendo territorial», para cada ciudadano en virtud de la copropiedad igual del territorio de la nación, como lo formuló el autor belga Joseph Charlier hace ya más de un siglo y medio, en 1848.

El concepto de la renta básica les sonará hoy en día a muchos a utopía. Pero lo es probablemente tanto como antaño lo fue la idea de la enseñanza obligatoria o el sufragio general. Tiempo al tiempo.

Diario Vasco, 21-1-02