Históricamente, la izquierda ha considerado el trabajo, y la ética a él asociada, como elementos centrales para la consecución de una sociedad justa. De ahí que en ocasiones se haya observado con recelo una propuesta que, como la RB, otorga una renta de forma incondicional, esto es, con independencia de la participación de los individuos en el producto social. ¿Es justo –podríamos preguntarnos- permitir que existan parásitos, gente que pueda vivir sin hacer nada gracias al hecho de que otros trabajan y producen por y para ellos? Esta cuestión puede tratarse desde dos planos: el teórico y el empírico.
En el plano teórico, no parece desatinado señalar que una RB podría resolver, precisamente, el problema de la reciprocidad vinculado a la cuestión del parasitismo. En efecto, hoy en día no son pocas las personas que se hallan ya en condiciones de vivir sin trabajar: las personas más ricas, aquéllas que pueden vivir de sus rentas. En este sentido, una RB permitiría la universalización de la posibilidad de ser un parásito, algo que, si bien deja abiertos interrogantes de tipo práctico que a continuación se abordan, supone un avance de importante calado ético-político, en la medida en que extiende al conjunto de la población un privilegio hoy por hoy reservado a una porción muy escasa de la misma. Pero detengámonos también en los hechos reales.
En el plano empírico, existen buenas razones para pensar que la gente, aun con una RB, aun con la posibilidad de vivir sin hacer nada, trabajaría. Hay que tener en cuenta que lo que la mayoría de la gente busca en el trabajo, además de ciertos ingresos, es cierta autorrealización, cierto reconocimiento social, un sentirse útil. Se trata de objetivos que pueden lograrse en trabajos no remunerados, como el doméstico y el voluntario, pero también en determinados trabajos remunerados. Además, en estos últimos, muchas veces se persiguen niveles de ingresos superiores al umbral de la pobreza, con el objetivo de mantener pautas de consumo que responden a factores sociales y culturales de muy diversa índole. Muchas son, pues, las situaciones cotidianas que hoy nos animan a pensar que, con una RB, la gente seguiría teniendo incentivos para trabajar. Así, es preciso considerar el hecho de que gran cantidad de personas realicen horas extra, aun percibiendo salarios que se sitúan notablemente por encima del umbral de la pobreza. De igual modo, el hecho de que muchas personas jubiladas anticipadamente y con ingresos nada menospreciables busquen y realicen nuevos trabajos no deja de ser revelador. Por último, no debe pasar desapercibido el hecho de que las personas más ricas, los potenciales rentistas de los que antes se hablaba, muestren, muy a menudo, una curiosa e inquietante propensión a trabajar –y éstos, por cierto, quizás valdría la pena que, en determinadas ocasiones, se abstuvieran-. En cualquier caso, corresponde a la voluntad política de quienes nos gobiernan el que estas cuestiones puedan comprobarse con datos reales o, por el contrario, continúen siendo objeto de análisis prospectivos.
Arian, núm. 45, julio 2003








