España aspira a gastar el 5 % del PIB en defensa, según reclaman con fervor patriótico algunos partidos y analistas. Hoy estamos en torno al 2,1 %, así que nos faltaría un 2,9 % del PIB: unos 40.000 millones de euros.

Y aquí llega mi modesta propuesta: que ese esfuerzo lo financien quienes más lo desean y mejor pueden permitírselo —el 10 % más rico de los hogares españoles. Según la Encuesta Financiera de las Familias (2022), dos millones de hogares acumulan 1,3 billones de euros de riqueza neta, es decir, el 94 % del PIB del país. Bastaría con un impuesto extraordinario del 3 % sobre su riqueza para cubrir exactamente esos 40.000 millones.

No sería un drama. La riqueza del 10 % más rico crece por sí sola un 2 % anual, y la de los más ricos, seguramente más del 5 %. De modo que, en términos netos, ni siquiera perderían dinero: sería como congelar sus ganancias durante un año por una buena causa. Además, ¿no son ellos los más convencidos de que hay que invertir en defensa? Pues que lideren con el ejemplo.

Ahora bien, nadie dice que haya que gastarlo todo en tanques, fragatas o cazas invisibles. Podríamos redefinir el concepto de defensa nacional como defensa tecnológica y social. Con esos 40.000 millones podríamos impulsar un gran programa de tecnologías duales: robótica, inteligencia artificial, automatización y fabricación avanzada, producidas en territorio nacional.

Hagamos cuentas: con 40.000 millones de euros podríamos fabricar cuatro millones de robots al año, a razón de 10.000 euros por robot. Robots para cuidar mayores, limpiar ciudades, recoger cosechas o hacer de asistentes en hospitales. Robots domésticos, industriales, sociales. En fin, robots que trabajen para nosotros, no contra nosotros.

De hecho, si tuviéramos cuatro millones de robots al año, ya no tendríamos que preocuparnos por cambiar el modelo productivo: el modelo se cambiaría solo. Y con un poco de planificación, podríamos incluso reducir la jornada laboral humana sin sacrificar productividad. La tecnología pasaría de ser un negocio para unos pocos a convertirse en una infraestructura de bienestar colectivo.

Así que, paradójicamente, ese impuesto para financiar la defensa podría convertirse en la mejor política de autonomía estratégica que España haya tenido nunca: menos dependencia, más innovación, más bienestar. Un país capaz de fabricar sus propios robots es, al fin y al cabo, un país difícil de invadir… y mucho más difícil de aburrir.

En el fondo, no es una idea tan descabellada. Si aceptamos gastar miles de millones en armas para “defendernos” de amenazas inciertas, ¿por qué no gastar lo mismo en robots que nos defiendan de las tareas pesadas, del envejecimiento o del aburrimiento laboral? Un robot que cuide a tu abuela o te limpie la casa también te da seguridad.

Yo, personalmente, tendría que aplazar un poco la implantación de la renta básica universal que sueño con ver algún día. Pero si es por una causa justa —y si a cambio fabricamos robots para todos—, quizá merezca la pena. Al fin y al cabo, si los ricos quieren sentirse seguros, nada más justo que paguen por ello.

Porque de eso se trata, ¿no? De seguridad. Solo que unos la entienden como más armas y otros como más bienestar. Y, puestos a elegir, prefiero un país con millones de robots fabricados aquí que otro con millones de euros volando en forma de misiles.