La Red Renta Básica celebra este año de 2026 el 25 aniversario desde su fundación. Una primera celebración -quizás haya alguna otra, veremos- tuvo lugar con motivo de la presentación del libro “Quan convé seguem cadenes: Per una renda bàsica a Catalunya” (Coordinado por Dolores Medina y Sergi Raventós) que se realizó en la librería ONA de Barcelona el 20 de febrero. El acto, al que asistieron un centenar de personas -sí, parece increíble en los tiempos que corren-, estuvo francamente bien. A continuación, reproducimos el prólogo en castellano que escribió Julen Bollain. El epílogo lo escribió Sarah Babiker[1].

 

Prólogo a Quan convé seguem cadenes: Per una renda bàsica a Catalunya (Ed. Manifest)

 

Hay días en los que me levanto con una sola idea en la cabeza: esta vida no era la que nos prometieron. No hablo de grandes sueños incumplidos ni de frustraciones personales. Hablo de algo más profundo, más cotidiano, más estructural: millones de personas atrapadas en existencias precarias, empujadas a sobrevivir en lugar de vivir. Mujeres que trabajan jornadas dobles para sostener hogares en ruinas, jóvenes encadenados a empleos que no garantizan independencia, personas mayores que cuentan monedas para pagar la calefacción. Y entre tanto, cifras, gráficos y gente trajeada hablando de recuperación.

Hace un tiempo que tengo grabada esa frase de Robespierre en la que afirmaba que, de todos los derechos, el primero es el de la existencia. Algo tan sencillo que a veces lo olvido, sepultado entre informes, proyectos y esa ansiedad por cuál será el próximo tuit que escribiré. Pero luego la realidad me la devuelve de golpe. Cada vez que alguien me escribe contándome que no le permiten acceder al ingreso mínimo vital porque su renta del año anterior fue, por poco, superior al umbral. Cada vez que escucho esa mezcla de vergüenza, rabia y cansancio en quienes acuden a los servicios sociales como si fueran delincuentes. Cada vez que veo cómo la burocracia exige desnudarse para demostrar que uno merece vivir.

Hay momentos en los que uno siente que nada de esto es accidental, que la precariedad no es una desgracia, sino un diseño. Un mecanismo de control. Una pedagogía del miedo. Y entonces, uno empieza a sospechar. A hacerse preguntas. A leer. A escuchar. A hablar. A organizarse.

Yo no nací siendo defensor de la renta básica. Tampoco llegué a ella por una revelación súbita, sino por acumulación de pruebas, de conversaciones, de intuiciones. Al principio fue una idea rara, casi excéntrica, relegada a los márgenes académicos. Pero con el tiempo, y sobre todo con el contacto con la realidad, entendí que no hay otra propuesta que dialogue tan directamente con lo esencial: la vida, la libertad, la dignidad.

Y entonces ya no hubo vuelta atrás.

 

La sospecha y la grieta

No sabría decir cuándo empecé a sospechar que algo no cuadraba del todo. Fue una acumulación de momentos pequeños, de grietas en el discurso hegemónico. Y es que no es fácil sostener la creencia de que vivimos en sociedades justas cuando uno escucha con atención. Cuando uno se atreve a mirar debajo de la alfombra. Lo que aparece no son errores aislados ni disfunciones temporales. Lo que aparece es un modelo agotado, un sistema que distribuye privilegios y castigos con una precisión quirúrgica, envuelto en discursos de mérito y esfuerzo.

El pleno empleo es una promesa que hace tiempo se dejó de escribir en presente. El trabajo ya no garantiza seguridad. Ni independencia. Ni siquiera existencia. Pero los discursos políticos siguen, en su gran mayoría, atados a esa ficción. Si trabajas, vales. Si no, demuéstranos que lo intentaste lo suficiente, pedazo vago. Y mientras tanto, quienes no encajan en la lógica productivista son empujados a justificar su vida como si fuera un error administrativo.

Fue en ese caldo de sospecha, entre estudios de economía, conversaciones, lecturas de filosofía política y contacto con la realidad, donde empecé a escuchar con más atención una propuesta que parecía sencilla y, al mismo tiempo, radical: una renta básica para todas las personas, sin condiciones, sin excepciones, sin juicios. Un ingreso garantizado, individual, incondicional, suficiente. Un derecho de ciudadanía que reconoce, por fin, que nadie debería suplicar para existir. De verdad, ¿suena tan extraño?

Si algo me gusta de la renta básica es que no es solo una medida económica. Es una propuesta de sociedad. Una nueva gramática para hablar de justicia y libertad. Fue así como se convirtió en un eje de mi vida profesional, académica y política. Desde la tesis doctoral hasta las investigaciones más recientes, desde el activismo hasta las comparecencias parlamentarias, he intentado entenderla, explicarla, defenderla, construirla. No como una solución mágica, sino como una herramienta de futuro. Una que responde a las múltiples crisis de nuestro tiempo: la crisis ecológica, la del mercado laboral, la de los cuidados. Una herramienta que habla de redistribución, pero también de emancipación, de poder, de tiempo, de vida.

Y a medida que más personas se sumaban al debate, empecé a entender que la idea no era solo posible. Era urgente.

 

Lo que la renta básica toca

La renta básica no es una política entre otras. No es un parche. No es un subsidio maquillado ni una promesa electoral para llenar titulares. Es una enmienda a la totalidad del orden económico y moral que organiza nuestras vidas. Por eso genera tanta incomodidad. Porque pone el dedo en la llaga. Porque hace la pregunta que nadie quiere responder: ¿por qué una vida digna debe depender de demostrar productividad?

Cuando decimos renta básica, estamos diciendo algo muy simple: que todas las personas, por el solo hecho de existir, tienen derecho a vivir dignamente. No a sobrevivir. A vivir. Sin miedo. Sin humillación. Con tiempo. Con libertad.

La libertad—esa palabra tan manoseada—solo tiene sentido cuando es efectiva. Cuando no es un cartel en la entrada del edificio, sino una puerta que se puede abrir. ¿De qué sirve tener derecho a decir no, si no puedes permitirte decirlo? ¿Cómo vas a elegir si no tienes margen? ¿Qué tipo de libertad es esa que se ofrece solo a quienes ya están dentro del sistema, mientras se le niega incluso la entrada a los demás?

Una renta básica permite que una persona pueda decir no sin hundirse. Decir sí sin arrodillarse. Decidir sin miedo. Rompe la lógica del chantaje que atraviesa nuestras relaciones laborales, nuestras elecciones vitales, nuestras rutinas. No es casual que los que más se benefician del statu quo tiemblen ante esta propuesta. Saben que una población con menos miedo es una población menos dócil y que la renta básica no solo reduce la pobreza, sino que reduce, sobre todo, el poder de quienes se benefician de ella.

Toca también el tiempo, ese bien tan escaso y tan mal repartido. El tiempo que hoy nos roban entre trabajos mal pagados, desplazamientos interminables, trámites humillantes y cuidados no reconocidos. Una renta básica libera horas, días, vidas. Libera la posibilidad de no correr todo el tiempo. De criar. De cuidar. De estudiar. De crear. De descansar. De simplemente estar.

Y también cuestiona la noción de mérito que ha servido de coartada para construir jerarquías. Esa idea absurda—y cruel—de que quien más tiene es quien más lo merece. Como si la herencia, la suerte o el lugar de nacimiento no jugaran ningún papel. Como si el sistema no estuviera diseñado para reproducir desigualdades mientras nos repite que todo depende de nuestro esfuerzo individual.

Por eso la renta básica no es bien recibida por quienes prefieren que las cosas sigan como están. No es casual que a los ricos se les den ayudas y a los pobres se les exijan pruebas. Que unos reciban exenciones y otros, sospechas. Que haya quien acumula sin justificar nada y quien tiene que explicar hasta el último euro que entra en su cuenta. No es casual. Es ideología. Es clase. Es dominación.

 

¿A quién incomoda la renta básica?

Hay ideas que molestan. Y no porque sean malas, sino porque son buenas, justas y lógicas. Tan lógicas que desnudan el absurdo del orden existente. Tan justas que revelan la obscenidad de lo normalizado.

La renta básica es una de esas ideas.

Por eso incomoda. No porque no funcione, sino porque rompe con los pilares simbólicos y materiales que sostienen el poder de unos pocos sobre la mayoría. Porque propone redistribuir no solo ingresos, sino posibilidades. Porque convierte el derecho a la existencia en un hecho.

Incomoda a los que han hecho carrera política gestionando la miseria desde sus despachos, administrando ayudas que no ayudan, diseñando circuitos burocráticos que fabrican sumisión. Incomoda a quienes convierten la pobreza en una fuente de prestigio técnico, en un nicho presupuestario, en un problema que gestionar eternamente sin intención real de resolverlo.

Incomoda a una clase política que se declara progresista mientras aprieta por abajo y aplaude desde arriba. Que celebra subsidios que no llegan, como si fueran revoluciones. Que se hace fotos con titulares grandilocuentes mientras sigue atada de pies y manos al dogma de la austeridad y la meritocracia. Que convierte los derechos en favores y la justicia en gestión.

Y, por supuesto, incomoda a los de siempre. A los poderosos, a los que viven de la dependencia ajena. A quienes necesitan una masa laboral aterrada, agradecida por cualquier contrato basura. A quienes disfrutan de un sistema que les permite acumular riqueza sin esfuerzo mientras el resto se pelea por migajas.

Los que más alzan la voz contra la renta básica no son los que la necesitarían, sino los que la temen. Porque saben que una población sin miedo es una población menos manipulable. Una sociedad con las necesidades básicas cubiertas es una sociedad menos domesticada. Y eso no entra en sus planes.

Lo que más molesta de la renta básica no es su coste. Es su lógica. Porque invierte la carga de la prueba. Porque deja de tratarte como sospechoso y empieza a reconocerte como sujeto de derechos. Y claro, eso desactiva la pedagogía del castigo que estructura todo el sistema de bienestar condicionado. Esa pedagogía que dice: si quieres ayuda, demuéstrame que lo mereces. Si estás en paro, muévete. Si eres pobre, cúrate. Si eres migrante, espérate. Si te quejas, es que no valoras lo que te damos.

¿Pero qué dan? Una renta mínima que no alcanza, una cita que no llega, una ayuda que se recorta. Dan precariedad envuelta en lenguaje tecnocrático. Dicen inclusión, pero ofrecen sumisión.

Lo cierto es que la renta básica no solo es viable. Es deseable. Es urgente. Es sensata. Es revolucionaria. Y su potencial transformador se mide, entre otras cosas, por la virulencia con la que se intenta deslegitimarla. Por eso, no esperes aplausos del poder. Espera silencio, espera miedo, espera burla. A veces incluso un entusiasmo impostado que busca desactivarla desde dentro: travestirla, hacerla irreconocible, convertirla en un parche más en el engranaje de lo posible.

Pero también hay otra respuesta. La de quienes no se resignan. La de quienes organizan ILPs, recogen firmas, explican, debaten, marchan. La de quienes no se conforman con que las cosas cambien poco a poco si ese poco no toca lo esencial.

Ellas, ellos, nosotras: quienes no pedimos reformas cosméticas, sino justicia radical. Quienes creemos que el futuro se disputa hoy y que el derecho a vivir no puede seguir siendo una hipótesis.

 

La esperanza que se organiza

No todo es bloqueo. No todo es resistencia. También hay movimiento. También hay grietas por donde se cuela la luz.

No estamos solos en esto. Nunca lo estuvimos. Por cada político que defiende lo inviable, hay una enfermera, un profesor, una madre sola, un estudiante, un jubilado, una artista, un parado de larga duración que ha dicho basta. Que no quiere más parches, más desconfianza, más condenas silenciosas por no encajar en la maquinaria productiva.

Por cada despacho donde se decide no molestar al statu quo, hay una plaza, una asamblea, una firma, una conversación en la calle que habla de futuro. Que habla de renta básica. De redistribución. De justicia. De libertad.

Y eso no es poca cosa. Porque la esperanza, cuando se organiza, se convierte en política. En presión. En propuesta. En proyecto. Lo estamos viendo en cada espacio donde alguien se atreve a decir: esto no tiene por qué ser así.

El viento está cambiando. No siempre se nota, pero se siente. Y quienes hemos recorrido este camino durante años lo sabemos bien: hubo un tiempo en que hablar de renta básica era hablar solo. Ahora ya no. Ahora somos muchas voces. Y cada vez más afinadas.

En estos años he tenido la suerte de conocer a personas que luchan desde muy distintos frentes, pero con un horizonte común. Algunas lo hacen desde el activismo, otras desde el trabajo institucional, otras desde la academia o desde los medios. Pero todas comparten una convicción: no hay libertad sin existencia material garantizada.

No es un sueño ingenuo. Es una decisión política. Y como toda decisión política, requiere fuerza, estrategia y compromiso. Nadie nos va a regalar la renta básica. Habrá que pelearla. Habrá que explicarla mil veces. Habrá que resistir las campañas de desprestigio, las caricaturas, las mentiras. Pero lo haremos.

Porque sabemos que esta lucha no es por una medida. Es por un mundo en el que la vida valga más que el beneficio de una multinacional. Por una forma de estar en sociedad que no sea una competición sino un pacto. Un compromiso de mínimos: nadie sin medios, nadie sin voz, nadie sin dignidad.

Y eso no se consigue solo con informes ni con promesas de campaña. Se consigue con organización, con pedagogía, con alianzas. Con fuerza colectiva.

La renta básica no caerá del cielo. Pero puede brotar desde abajo. Y ya lo está haciendo.

 

Este libro

Hay momentos en los que una idea necesita cuerpo. No solo discursos, sino páginas. No solo convicciones, sino argumentos. No solo intuiciones, sino mapas. Este libro es eso: un cuerpo colectivo al servicio de una propuesta que ha dejado de ser una utopía para convertirse en horizonte.

Coordinado por Sergi Raventós y Dolo Medina, el libro que tienes entre manos es una herramienta política, pedagógica y vital. Un compendio de voces que reflexionan, explican, conectan y aterrizan la renta básica desde múltiples ángulos, con una mirada situada, rigurosa y comprometida con la realidad catalana.

Aquí no se repite lo de siempre. Aquí se actualiza, se complejiza, se enriquece. Se habla de renta básica y de desigualdad, pero también de feminismos, de juventud, de salud mental, de cultura, de ecología, de antirracismo, de sindicalismo, de derechos humanos. Se habla del sistema de prestaciones actual, de los límites que arrastra, de las posibilidades que se abren. Se habla de planes piloto, de escenarios futuros, de comunicación, de política. De todo lo que hay que poner en juego si queremos vivir en una sociedad que no tolere que nadie se quede atrás.

Este libro es importante porque no nace del cálculo, sino del compromiso. No busca agradar a quienes no quieren que nada cambie. No disfraza la propuesta. No la modera. La despliega. Con sus matices, sus retos, su potencia.

Y lo hace desde Catalunya, un territorio que ha estado en el centro de muchas batallas sociales, culturales y políticas. Porque en este país, como en tantos otros lugares, la pregunta no es si podemos permitirnos una renta básica, sino si podemos seguir permitiéndonos vivir sin ella.

Este libro no pretende convencer a todo el mundo, pero sí a quienes están dispuestos a mirar de frente. A quienes intuyen que esto no puede seguir así. A quienes están hartos de gestionar ruinas y quieren construir alternativas.

A quienes saben que el primer derecho es el de existir. Y que todo lo demás viene después.

Hay algo profundamente subversivo en atreverse a imaginar una vida sin miedo. Una vida en la que lo esencial esté garantizado. En la que el derecho a existir no dependa de demostrar que uno merece seguir viviendo.

Ese atrevimiento es político. Es personal. Es colectivo. Es revolucionario.

Porque no estamos hablando de dinero. Estamos hablando de lo que significa ser alguien en este mundo. Estamos hablando de romper con una cultura del mérito que ha convertido la precariedad en pedagogía y la exclusión en normalidad. Estamos hablando de dejar de pedir perdón por existir. De dejar de vivir con la sensación de estar fuera de sitio.

La renta básica no resolverá todos los problemas. No curará todas las heridas. No abolirá el dolor. Pero puede ser el suelo firme sobre el que muchas vidas puedan, por fin, empezar a caminar sin miedo a caerse. Puede ser ese primer paso que no cure todo, pero que cambie todo.

Y aunque algunos digan que no es el momento, que no hay dinero, que no hay consenso, la verdad es que ya vamos tarde. Que hace tiempo que deberíamos haber garantizado lo básico. Que hace décadas que deberíamos haber aprendido que una sociedad se mide no por la riqueza que acumulan unos pocos, sino por la dignidad con la que vive su mayoría.

Por eso este libro no es una meta, sino una señal. Una invitación a seguir empujando. A seguir preguntando. A seguir organizando la esperanza. A dejar atrás la resignación y dar un paso adelante. Porque esperar ya no es una opción.

 


[1] Han participado en el libro: Carla Andreu Pujadas, Laia Angrill i Perelló, Jordi Arcarons Bullich, Àlex Boso Gaspar, Elena Blesa Cábez, David Casassas, Sergi Cot Cantalosella, Pau Dachs Martínez, Pino Delàs Martí, Aliou Diallo, Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz, Silvio Falcón Rodríguez, Judit Font Redolad, David Jiménez Urbán, Bru Laín, Mariona Lladonosa Latorre, Montserrat Moliner i Vicent, Georgina Monge López, Carme Porta i Abad, Guillem Pujol Borràs, Francisco Ramos Martín, Daniel Raventós Pañella, Leire Rincón García, Hernán María Sampietro, Pablo Scotto, Montserrat Tafalla Plana, Lluís Torrens Mèlich.

 

Fuente: https://www.sinpermiso.info/textos/a-quienes-no-pueden-dejar-de-pelear-por-una-vida-que-merezca-la-pena