Las fuerzas que abolieron la esclavitud se levantaron desde abajo –y dieron nacimiento a los actuales movimientos por la justicia social de hoy, escribe el historiador Adam Hochschild.

En los próximos meses, será difícil encender la televisión o coger un diario en Gran Bretaña sin encontrar alguna mención al bicentenario de la abolición parlamentaria del tráfico de esclavos.

Pero los verdaderos héroes y heroínas de la abolición británica no son los miembros de un Parlamento muy poco representativo que finalmente, después de mucho insistir, votó el fin del comercio con seres humanos.

Las personas a quienes verdaderamente deberíamos recordar incluyen a aquellos activistas emprendedores y tenaces que durante 20 años hicieron campaña para que el Parlamento diera este paso histórico. Y que después de esta victoria, continuaron luchando durante otros 25 años hasta que el Parlamento finalmente votó la total abolición de la esclavitud.

Sin embargo existe otro grupo de personas que está siendo muy poco recordado este año: los propios esclavos. Una serie de revueltas de esclavos en las Indias Occidentales tuvo una considerable influencia sobre lo que sucedió en Gran Bretaña –y un efecto decisivo sobre el voto parlamentario en 1833 para liberar a los esclavos del Imperio Británico.

Si tuviéramos que escoger un sitio del lado británico donde comenzó este movimiento, sería una librería e imprenta cuáquera de la calle George Yard 2, un pequeño patio del distrito financiero de la Ciudad de Londres. George Yard sigue aún ahí, a unos pocos minutos andando desde la estación de metro Bank, aunque hace tiempo que el edificio fue demolido.

Los cuáqueros fueron la única confesión religiosa en Gran Bretaña que tomó una postura de principios contra la esclavitud. Durante el siglo XVIII conocieron la prisión y la persecución carne propia.

Durante el mediodía del 22 de mayo de 1787, después de que los trabajadores de la imprenta y tipógrafos se habían ido a casa, doce hombres se agruparon tras las puertas del local.

Se constituyeron en un comité cuyo propósito debía haber parecido inútil y completamente idealista para sus conciudadanos londinenses: el fin del comercio británico de esclavos.

Este negocio estaba dominado por buques británicos, que en ese momento trasladaban la mitad de los esclavos capturados en el Nuevo Mundo. Comenzar en Gran Bretaña un movimiento para prohibir ese comercio en 1787 era una tarea tan utópica como podría ser hoy un movimiento por la energía renovable en Arabia Saudita.

Evidentemente, los esclavos y demás personas oprimidas periódicamente habían realizado revueltas. Pero el movimiento que se generó en la reunión de George Yard no tuvo precedentes, ya que fue la primera vez que un número importante de personas en un país se enfurecieron por la grave situación de otras personas, de otro color, en otra parte del mundo.

A través de las barreras

En un sentido, todos los movimientos modernos por la justicia social surgieron de este momento. Y si no podemos comprender las formas de generar tales sentimientos de identificación con la opresión de otros, a través de barreras de clase, étnicas, nacionales y geográficas, no hay mucha esperanza para la humanidad.

El movimiento antiesclavista cristalizó inmediatamente, y de una manera jamás lograda por intentos aislados anteriores. Una razón fue que éste se dio en un momento en el tiempo a medio camino entre la guerra por la independencia americana y la Revolución Francesa –y muchas ideas poderosas sobre la libertad humana estaban en el ambiente.

Las peticiones contra el comercio de esclavos inundaron el Parlamento, por lo que al año siguiente dio un tímido primer paso al regular las condiciones de los barcos que transportaban esclavos. La esclavitud se convirtió en un tema ineludible para la opinión pública londinense.

En un periodo de 7 años, Thomas Clarkson -el organizador del comité- recorrió 35.000 millas a caballo a través de Inglaterra, Escocia y Gales impulsando la creación de comités antiesclavitud.

Nadie quedó más asombrado que el poderoso grupo de propietarios de esclavos, quienes previamente sólo se habían preocupado por el precio del azúcar y asuntos de ese tipo.

“La prensa estaba abarrotada de panfletos con este asunto, y mi mesa está cubierta con ellos”, escribió Stephen Fuller, un agente londinense de los hacendados jamaiquinos, desesperado por sus empleadores. “La corriente de la popularidad va en nuestra contra”.

Aunque los líderes abolicionistas y organizadores provenían en su mayoría de clases medias y altas, unos pocos, como Clarkson, eran grandes simpatizantes de la Revolución Francesa. Un aspecto destacable del movimiento fue que atravesó las fronteras de clase. Las personas de clase trabajadora rápidamente se identificaron con la situación desesperada de los esclavos.

Algunas de las peticiones que ingresaron en el Parlamento estaban firmadas por todos los habitantes instruidos de pequeñas ciudades o pueblos. Alrededor de 769 obreros metalúrgicos peticionaron en 1789 contra el comercio de esclavos.

“La cubertería” escribieron, “se está enviando en cantidades considerables a la costa de África como pago por los esclavos. Se supone que sus solicitantes verían perjudicados sus intereses si el comercio de esclavos fuera abolido.

“Pero sus solicitantes, habiendo siempre entendido que los nativos africanos tienen la mayor aversión a la esclavitud extranjera, consideran el caso de las naciones de África como propio”, escribieron.

Una razón por la que los abolicionistas fueran tan exitosos fue su imaginación para encontrar nuevas formas de comunicar su mensaje. Además de los medios tradicionales, como los libros y panfletos, audazmente aprovecharon lo que podríamos llamar “los nuevos medios” del día.

En 1788 un comité antiesclavista local de Plymouth hizo un gráfico de un barco negrero, basado en uno de verdad, el Brookers of Liverpool. Probablemente hayas visto esta imagen ahora famosa, con su vista completa de la cubierta del barco mostrando a los esclavos apretados en fila como sardinas.

En cuanto el comité de Londres se dio cuenta cuán poderosa era la imagen, emitió 8.000 copias y las colocó en pubs de toda Inglaterra. Este fue, casi con certeza, el primer afiche político más ampliamente distribuido del mundo –una herramienta que seguimos usando aún hoy.

Un nuevo miembro del comité, el empresario Josaiah Wedgwood, creó un sello para el movimiento –un esclavo arrodillado y encadenado, rodeado con la inscripción “¿No soy un hombre y un hermano?”. Rápidamente apareció en botones de abrigos, agujas de sombreros y joyas, y fue probablemente el primer logotipo diseñado para un movimiento político.

La sola idea de un comité nacional agitando por la causa, con sus cuarteles centrales en la capital de la nación, en comunicación con las delegaciones locales en las ciudades de todo el país, era entonces relativamente nueva. Ciertamente, nunca antes había sido entendida de manera tan sofisticada.

Hoy casi todas las campañas –que se ocupan de asuntos como el fin de la guerra en Irak o la justicia laboral –usan el mismo modelo.

En 1791 el movimiento desplegó una nueva táctica. Cientos de miles de personas comenzaron a boicotear el azúcar de las Indias Occidentales –el principal producto que cultivaban los esclavos. Este fue el primer boicot al consumo generalizado –otra herramienta que se sigue usando hasta hoy.

Significativamente, fue una táctica que surgió de las bases. El comité abolicionista en Londres, aunque comprensivo, oficialmente jamás aprobó el boicot porque el conservador William Wibeforce, líder de las fuerzas antiesclavistas del Parlamento, se opuso a tal medida.

El boicot fue un avance especialmente importante en la campaña política porque la gente que tomaba las decisiones sobre qué comida comprar para el hogar eran casi siempre mujeres.

Las mujeres no podían votar o acceder a puestos públicos –por lo que esta fue la primera vez que un gran número de mujeres británicas pudieron hacer oír sus voces en asuntos políticos.

Un discurso contrario al tráfico de esclavos en la asociación londinense de debates unos pocos años antes, se cree que fue el primer discurso político hecho por una mujer (distinta que la reina) en un encuentro no religioso en Gran Bretaña.

El comercio británico de esclavos fue abolido en 1807. Cuando se hizo evidente que la esclavitud británica en sí misma iba en decadencia y que finalmente moriría, el movimiento revivió en la década de 1820, para luchar por la emancipación de los esclavos.

El tenaz organizador Thomas Clarkson –ahora con 60 años- salió nuevamente a la carretera, viajando durante 13 meses por todo el país con diligencia. Las mujeres también fueron muy importantes en esta fase del movimiento.

Inspiradas por la oradora radical cuáquera Elizabeth Heyrick, más de 70 “sociedades de mujeres antiesclavistas”, como eran llamadas, echaron raíces –y ellas eran casi siempre más radicales que sus equivalentes masculinos.

Toda la sociedad masculina antiesclavista creyó que presionar por una emancipación gradual era la única manera de conseguir un proyecto de ley en el Parlamento. Pero debido a la presión de las mujeres, finalmente cambió su posición en 1830 para exigir su inmediata libertad.

El punto culminante

La campaña antiesclavista alcanzó su punto culminante durante y después de las elecciones generales de 1832. Los conferencistas recorrieron el país hablando con el amplio público, a veces exponiendo elementos como látigos. Los activistas publicaron anuncios que mostraban a los candidatos rivales al Parlamento y sus posturas respecto de la esclavitud –a favor, en contra o indefinida.

El grupo de presión antiesclavista organizó encuentros masivos, una manifestación en la calle y una marcha hacia Downing Street, 10.

Las organizaciones de la clase trabajadora –que ahora estaban comenzando a hacer campaña sobre asuntos como el trabajo infantil y las condiciones fabriles- vieron las conexiones entre los esclavos y sus propias vidas. Desfilaron durante la campaña electoral con carteles en los que se leía “Fin de la esclavitud aquí y en el extranjero”.

Al mismo tiempo –y en parte inspirado por rumores sobre la campaña que estaba teniendo lugar en la misma Gran Bretaña- alrededor de 20.000 esclavos jamaiquinos liderados por Samuel Sharpe montaron una enorme revuelta en 1831, la más grande que se había visto en territorio británico.

Tomaron gran parte del territorio noroccidental de Jamaica, entonces la mayor colonia esclavista británica, y quemaron 100 plantaciones.

Les tomó un mes al ejército británico y a la milicia local sofocar la revuelta, que costó la vida a más de 500 esclavos que murieron luchando o ejecutados poco después. Significativamente, los funcionarios que regresaron a Gran Bretaña testificaron ante el Parlamento que esperaban más revueltas de esclavos –y que habría más dificultades para reprimirlas.

No hay dudas de que la revuelta en jamaica ayudó a que el Parlamento votara en 1833 a favor de la emancipación de los esclavos, medida que se hizo efectiva en 1838.

Sin embargo, los propietarios de las plantaciones siguieron conservando sus propiedades y fueron auxiliados económicamente con “compensaciones” por sus esclavos liberados que el Parlamento había votado otorgarles.

EL Acta de Abolición de la Esclavitud de 1833 reservó la elevada suma de 20 millones de libras para compensar a los propietarios de esclavos –aproximadamente 50 mil millones de libras a valores actuales.

Pero aún después no todos vivieron felizmente. No hubo compensación para los ex esclavos, quienes se encontraban ahora teniendo que pagar a sus dueños el alquiler de las casas miserables que ocupaban, e impuestos al gobierno.

La mayoría de ellos tenía poca elección pero continuaron trabajando en los campos de caña de azúcar. La estructura de clase de las Indias Occidentales no cambió.

Aun hoy la propiedad de la tierra y de la riqueza en islas como Jamaica en gran medida está fuertemente inclinada a favor de los descendientes de los propietarios de las plantaciones, más que de aquellos que son descendientes de los esclavos.

Sin embargo, la emancipación de los esclavos británicos fue un enorme paso hacia adelante. Dio esperanza a millones de esclavos a través de las Américas –aunque una gran parte de ellos, en el sur de Estados Unidos, tendría que esperar otro cuarto de siglo por su libertad, y los de Cuba y Brasil aún más.

Pero la lucha por la justicia en todos lados en este mundo tan desigual es una que tomará décadas, y tal vez siglos. La batalla que comenzó en Gran Bretaña hace 200 años en relación a la apremiante situación de algunas de las personas más oprimidas de la tierra todavía bien vale ser recordada, celebrada y aprendida.

Adam Hochschild es el autor de Bury the Chains: the British Struggle to Abolish Slavery.

Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider

Socialist Worker, marzo 2007