El sector cultural ha dado un paso al frente en la reivindicación del derecho a una renta
básica universal. Trabajadores y colectivos de todos los ámbitos se han sumado en
una demanda: que cualquier persona, por el simple hecho de existir, reciba un
ingreso que le garantice la supervivencia. Es una iniciativa surgida desde el mundo de
la cultura que trasciende el marco cultural y que se articula desde el manifiesto ‘Gent que
treballa en cultura, per una renda bàsica universal i incondicional’ que ya han firmado más
de 4.600 personas.
El documento no surge de ningún despacho político ni de la industria cultural, sino de
varios socios de La Murga, plataforma de reflexión en torno a la cultura. De hecho, el
texto se redactó en plena pandemia como una reacción a esa competición entre
sectores económicos por ver quién sufría más debido al confinamiento. Esta iniciativa
dinamita esa mirada gremial tan arraigada en el sector cultural y plantea una demanda
abiertamente universal. Así ha recabado cientos de firmantes que ni siquiera son
profesionales de la cultura: jubilados, agricultores, sanitarios, docentes, jóvenes en paro,
asociaciones vecinales…
Entre quienes demandan una renta básica universal (o RBU) hay cooperativas culturales y
sindicatos de músicos, escuelas de ‘grallers’ y editoriales literarias, asociaciones de
profesionales del circo y de críticos de arte, técnicos, gestores, ‘discjockeys’, promotoras,
directores de certámenes, discográficas, salas, festivales, periodistas y artistas de todas
las disciplinas: música, literatura, cine, circo, teatro, artes plásticas… Cada cual con sus
motivos y anhelos.
Una herramienta contra el fascismo
Pere Camps, director del festival Barnasants, firmó el manifiesto porque “la renta
básica es el principio de la soberanía personal; sin la cual es difícil conseguir las otras
soberanías”. En su opinión, “una renta básica te permite decidir sin el chantaje constante
de tener que buscarte la vida”. “En el ámbito de la cultura sería la herramienta
fundamental para luchar contra la precarización”, pero también “es un instrumento
poderosísimo de lucha contra el fascismo porque el fascismo se nutre de la situación de
precariedad de las clases populares”.
Para el septuagenario guitarrista Toti Soler, la RBU es una demanda de una “lógica
absoluta que deberían plantearse los gobiernos”. Y apela a su experiencia: “Soy uno de
tantos músicos que han tenido que pasar la maroma toda la vida con una indefensión casi
absoluta”. La veinteañera Carla Motis ha vivido menos, pero lo tiene claro: “Firmé el
manifiesto durante el confinamiento pero lo hubiese firmado en cualquier momento”.
“Como la mayoría de gente de mi sector, me veo obligada a tener otro trabajo”, a “aceptar,
en el sector musical, trabajos descaradamente mal pagados” y otros que cumple “por
necesidad de dinero”. La guitarrista intuye en la RBU una vía para “reducir la jornada
laboral”.
Balkan Paradise Orquestra y Maruja Limón son dos de los cientos de grupos que han
visto las orejas al lobo: “A causa de la pandemia perdimos más de un 90% de nuestro
trabajo en 2020. Vimos cómo se desmoronaba todo lo que habíamos creado”, coinciden.
En la discográfica Propaganda Pel Fet consideran que “cualquier iniciativa que permita
profundizar en una concepción del hecho cultural como un derecho social básico
mejorará la salud de la cultura” y que una RBU “sería básica en la lucha contra la
precariedad endémica” del sector y para “repensar la cultura y el modo como nos
relacionarnos con ella”.
En el grupo de reggae The Penguins llevan tiempo reflexionando sobre el tema. Su
saxofonista, Eduard Polls, opina que si “garantizamos la existencia material de las
personas de forma universal e incondicionada, desmercantilizamos la fuerza de trabajo”. Y
eso, en cultura, implica que “desaparezca la espada de Damocles de pensar el arte como
mercancía. ¿Cuántas veces como músicos hemos asistido con desgana a un acto que no
compartíamos para garantizar unos ingresos?”, plantea. Polls critica esas rentas
asistenciales “con fuerte carga burocrática ineficiente que no llegan a la mayoría de la
población a la que van dirigidas”. Las considera “peligrosamente estigmatizantes y
moralizantes”.
Regenerar el sector
El actor Ivan Benet también lleva años imaginando la justicia social como “un motor
sobre el que debería caminar nuestra sociedad”. Considera que la salud de la cultura está
“tocada de muerte” y que hacen falta “medidas radicales”, y ve la RBU como una
herramienta para “luchar por la igualdad de oportunidades” en un sector tan falto de
renovación, “cerrado e inaccesible, sobre todo, para la franja más precarizada de la
sociedad”, añade. También introduce un elemento casi existencial. “Nuestras vidas
mejorarían porque estaríamos más tranquilos. La sociedad del bienestar debería
sustentarse en el concepto de tranquilidad”.
Para el actor Abel Folk, la RBU es una “demanda que a estas alturas ya no se debería ni
cuestionar: debería haber unos mínimos garantizados por el simple hecho de existir. Y no
lo están”. Aporta al debate una anécdota personal que trasciende la mirada gremial:
“Estaba en Madrid rodando una serie llamada ‘La embajada’ y me explicaron que el diseño
y la realización del jardín de la casa donde rodábamos había costado 7,5 millones de
euros. De vuelta al apartamento, vi hasta siete personas durmiendo en la calle. Es
desagradable vivir en una sociedad que permite estas cosas. Hace días hubo una ola de
frío y murieron no sé cuántas personas en Madrid y Barcelona. Es terrible”, recuerda.
También la actriz Vicenta Ndongo cree que una RBU no mejoraría “solo la salud de la
cultura, sino la de un pueblo, la de un país”. Ella firmó el manifiesto porque considera que
de este modo nadie tendría que “mendigar para tener unos mínimos cubiertos”. Y
suscribe al 100% estas declaraciones recientes del escritor Juan José Millás: “La
única solución real para el mundo que viene es la renta básica universal porque va a haber
un ejército de gente que no va a trabajar en su vida, que va a nacer y morir sin saber qué
es ganarse la vida”.
La mejor política cultural

Una de las frases más celebradas del manifiesto dice: “La mejor política cultural es una
renta básica universal”. Algo así opina el payaso Tortell Poltrona: “Si el público no
tuviese que ir de cabeza para pagar sus gastos, podríamos trabajar más y el público
disfrutaría más”, resume el capitán del Circ Circ. “No todos nos podemos permitir ir al
teatro o al cine”, recuerda Joana Gomila, y una RBU “ayudaría a construir una sociedad
más justa también en este sentido”. La cantante mallorquina intuye que esta
medida comportaría mejoras en su vida personal y profesional, pero amplía la hipótesis: “A
la larga, nos ayudaría a hacernos más responsables”. Una vez cubiertas las
necesidades básicas nos surgirían otro tipo de preguntas: “¿Qué puedo aportar como
individuo al colectivo?
La otra jornada de reflexión
A finales de enero se celebró en el Ateneu Popular 9 Barris una jornada de trabajo en la
que el manifiesto de la cultura se puso en común con otros en favor de la RBU surgidos
desde los feminismos, las acciones sociales, la comunidad LGTBI y las personas
psiquiatrizadas. Los cinco manifiestos se han refundido en uno y se está trabajando para
unirse en estrategias de carácter continental. En septiembre se lanzó campaña para llevar
la iniciativa al Parlamento Europeo. Habrá que presentar un millón de firmas. Por ahora hay
102.000, de las que casi un 25% provienen de Alemania. En España han firmado 15.300
personas.
En aquella jornada, la filósofa Andrea Soto recordó que hace 40 años que se teoriza
sobre la posibilidad de una renta básica universal, pero también señaló la necesidad de
“cuerpos que encarnen esta lucha”. El número de cuerpos, de firmas, que han sumado los
distintos manifiestos hace pensar que la demanda ha entrado en una nueva fase. Uno de
los puntos que se acordaron en el encuentro fue trabajar para introducir la propuesta en el
centro del debate social y político. En los programas que concurren a los comicios del
domingo, solo tres partidos mencionan la renta básica universal. En Comú-Podem plantea
pruebas piloto en algún territorio especialmente empobrecido. ERC habla de tender a un
sistema menos asistencialista cuyo horizonte sería la RBU. La CUP la introduce
explícitamente entre sus medidas para afrontar la crisis.
La pandemia ha provocado que hasta el diario británico ‘Financial Times’ haya propuesto
en uno de sus editoriales un lote de “reformas radicales” para superar la crisis. Su texto
hablaba explícitamente de “políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, como la
renta básica o los impuestos a la riqueza”.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20210212/manifiesto-artistas-cultura-a-favor-renta-basica-universal-11516195