Probablemente, con las cosas del masificado verano en la colonia turistificada de Mallorca, se me pasó la noticia. La he conocido haciendo una búsqueda de unos datos en la página web del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones del Gobierno de España, que dirige el muy neoliberal José Luis Escrivá. Sospecho, no obstante, que su repercusión mediática, si es que ha tenido alguna, ha sido mucho menor de la merecida. Me refiero a un asunto que, si no fuera por lo dramático de la situación socioeconómica, se prestaría a ciertos chascarrillos. Resulta que un Consejo de Ministros celebrado a finales de julio, aprobó “el Sello Social que reconocerá la labor de las empresas en la inclusión de los beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital”.
Una vez leída la noticia varias veces para cerciorarme que aun tengo suficiente capacidad de comprensión lectora, no he podido evitar acordarme de aquella campaña de la dictadura franquista que, impulsada por el nacionalcatolicismo de la época, animaba a las familias pudientes a sentar a una persona sin hogar a su cena de Nochebuena. No era otra cosa que una burda y cruel manera de promover una idea de la caridad en sustitución de una mínima justicia social en una España que vivía en la miseria. Algo de éxito debió tener pues se cuenta que, incluso el gran Luis García Berlanga tuvo la intención de titular la película que finalmente tituló “Plácido” (un genial y tierno alegato contra la hipocresía) con el eslogan de la citada campaña fascista-compasiva: “Ponga un pobre en su mesa”.
Ahora el Gobierno más progresista de la historia, de la mano del ministro más ideológicamente neoliberal del gabinete de coalición PSOE-UP, sugiere un sorprendente “¡Ponga un pobre en su empresa!”. Pero claro, el pobre tiene que ser oficial y administrativamente reconocido. Y, como es sabido, ¡No es fácil ser pobre con derecho al IMV!
Pero la gestión neoliberal de la pobreza –mejor dicho, de las vidas que el propio neoliberalismo ha empobrecido y marginalizado- requiere altas dosis de hipocresía. Una hipocresía de diferente matriz que la del nacionalcatolicismo, pero hipocresía, al fin y al cabo. Acaso, después del palmario fracaso del IMV, no es hipocresía afirmar en la exposición de motivos del RD que regula el llamado Sello Social que “la prestación [el IMV] no es por tanto un fin en sí misma, sino una herramienta para facilitar la transición de las personas desde una situación de exclusión social que les impone la ausencia de recursos hacia una situación en la que se puedan desarrollar con plenitud en la sociedad” (sic).
Es más, con la constatación empírica de la grotesca insuficiencia –tanto en extensión como en intensidad- del Ingreso Mínimo Vital para tan sólo aliviar la inmensa mayoría de las situaciones de graves carencias materiales, afirmar que “para impulsar el tránsito desde una situación de pobreza y exclusión a una de participación activa en la sociedad, la Ley 19/2021, de 20 de diciembre, establece que el ingreso mínimo vital contendrá en su diseño incentivos al empleo y a la inclusión aplicados con el fin de evitar la llamada “trampa de pobreza”, esto es, que la mera existencia de la prestación inhiba el objetivo de inclusión social y económica de los receptores” es, además de reconocer que la “trampa de la pobreza” es un aspecto clave del fracaso universal de cualquier subsidio condicionado, un “sostenella y no enmendalla” que roza peligrosamente un cierto odio a ciertas personas empobrecidas. Albert Salas i Campos, en un librito titulado “El delito de ser pobre”, escribe: “ …a pesar de los cambios en la consideración del trabajo asalariado, la ética del trabajo todavía presta sus servicios y justifica la distinción entre los ‘buenos pobres’’ y los ‘malos pobres’, entre aquellas personas caídas en desgracia, pero que ‘quieren ser útiles a la sociedad’, y los individuos que son una carga, y que, en su mitología conservadora, se aprovechan de los servicios del Estado del bienestar”. A pesar de ser un texto publicado en 2014, sigue siendo, como prueba el comentado sello social, absolutamente actual. Por cierto, hablando mitología, la ocurrencia del ministro Escrivá es un compendio de mitologías neoliberales: que si colaboración público – privada, que si responsabilidad social corporativa… que, dicho sea de paso, son (no)conceptos más propios de un dialogo de los personajes de “La escopeta nacional” de Berlanga, que de legislación que quiere de verdad tender hacia una mayor justicia social.
En fin, no hay posible tránsito “desde una situación de pobreza y exclusión a una de participación activa” sin cambiar de raíz las causas sociales, económicas y políticas que han conducido a dicha pobreza y exclusión. La pobreza laboral, la exclusión social, las grandes diferencias, las precariedades vitales… se revierten con decencia en el reparto de la riqueza, dando mayor poder de negociación a quienes están en peor posición en el aún existente conflicto capital-trabajo, ampliando derechos incondicionales como el de la existencia material que garantizaría una Renta Básica. Lo demás, quincalla neoliberal, con Sello Social o sin él.
Fuente: https://www.sinpermiso.info/textos/ponga-un-pobre-en-su-empresa








