De un tiempo a esta parte una serie de científicos sociales, confesiones religiosas y organizaciones políticas y sociales están dándole vueltas a la cabeza a eso que, a partir de ahora, vamos a llamar renta básica. A efectos de traer el agua a nuestro molino, diré que personalidades como el premio Nobel de Economía James Tobin –¿os acordáis de la “tasa Tobin”?– y sociólogos de la talla de Lord Dahrendorf o André Gorz no paran de pensar y escribir sobre la renta básica. Y, ya más cerca de nosotros (y de esta casa) las enseñanzas del compañero García-Nieto, nuestro Nepo.

Quisiera hacer una recomendación de entrada: el libro de Daniel Raventós es de obligada lectura para encontrar las justificaciones éticas y las motivaciones sociopolíticas de la propuesta de la renta básica. Me importa decir que, si bien es el texto que motivó su doctorado académico, se caracteriza por una literatura comprensible, divulgativa sin perder ni un ápice de rigor científico. Pero eso lo comprobarán quienes lo lean, aunque sólo sea por el interés curioso de estar al tanto de las novedades del mundo de la sociología, la filosofía y la política.

La renta básica viene a distorsionar profundamente una de las aparentes verdades tradicionales de la economía e, incluso, del moderno sentido común: aquélla que manifiesta que sin trabajar no puede percibirse ninguna remuneración, ningún salario. En realidad, la renta básica liquida, por así decirlo, todas las formulaciones de Adam Smith y David Ricardo, Marx y Engels y “tutti quanti” hasta nuestros días. De todas formas, y para honrar la memoria de algunos “iluminados” de la época a los maestros Smith y Ricardo le salió un contestatario en estos asuntos: nada menos que Thomas Paine que murió por aquel año de 1.809 y que puede ser catalogado como uno de los bisabuelos de la renta básica, obviamente con otra caracterización diversa de la que hacemos hoy.

Digamos –por utilizar una expresión tan querida por Marx– que nuestra propuesta de renta básica es una metamorfosis en toda la regla del tradicional vínculo entre trabajo y salario, y por lo tanto (¡ahí es nada!) de la mismísima teoría del valor. Ahí está la osadía de la propuesta y, sobre todo, del carácter discontinuo de la misma . Por otra parte, una de las grandes cosas que dejó dichas nuestro abuelo de Tréveris fue que el trabajo asalariado era una de tantas formas de trabajo que históricamente se habían dado, esto es, ni la única ni la definitiva.

Para llegar a una conclusión fecunda necesitamos partir de, al menos, las siguientes consideraciones: primero, el concepto y el carácter del trabajo han evolucionado históricamente, y de qué manera; segundo, el mundo de los derechos (por decirlo con una expresión del eminente jurista italiano Norberto Bobbio) también ha tenido su propio itinerario, afortunadamente cambiante. Y no por un afán historicista (sino para llegar a entender lo que podamos del problema) es necesario recordarnos las fases más interesantes de una y otra evolución.

Primero. Todos los científicos sociales admiten que ni en la Grecia clásica, ni tampoco en Roma, el trabajo es en modo alguno el fundamento del vínculo social. Más todavía, para los griegos y romanos, “trabajar” y ser ciudadano ocupado por los intereses de la polis y la civitas (y gozar así de una existencia social plenamente reconocida) eran incompatibles. Fijaros qué curiosidad, la palabra negocio viene del latín. Viene de negotium: nec-otium, esto es, no-ocio, dando a entender que la centralidad es el otium, el ocio. Pero antes, ya Aristóteles nos explica que “ni la labor ni el trabajo poseen suficiente entidad para constituir una autónoma y auténtica forma de vida”. La Edad Media apenas si cambia las cosas. Lo que da dignidad en esa época tampoco es el trabajo, que permanece bajo el mismo punto de mira; lo que se salva ahora es el hecho organizado de estar dentro de un gremio. Es como si ahora (es un ejemplo) tampoco tuviera dignidad el trabajo y sí el hecho de estar afiliado a una organización sindical.

De manera que la dignidad del trabajo, y su concepción de eje vertebrador de la ciudadanía, es un hecho relativamente moderno. Debe quedar meridianamente claro que yo no lo impugno. Que yo no lo impugno, repito. Lo que digno es que no puede ser lo único que determine la ciudadanía, lo exclusivo que concrete la ciudadanía, ¿estamos? Más todavía, para un servidor la ciudadanía y la dignidad son requisitos independientes del trabajo. Esto, supongo, no lo impugnará nadie que tenga cuatro dedos progresistas en la frente.

Segundo. Para nadie es un secreto el giro copernicano que representó la génesis y posterior desarrollo del Derecho del Trabajo. Su secreto, por llamarlo de alguna manera, es: hay que establecer tutelas y garantías para que los sujetos más débiles (esto es, el trabajo asalariado frente a la empresa) puedan estar en mejores condiciones para defenderse y plantear sus derechos. Aunque no se formulara con las palabras de discriminación positiva, se trataba precisamente de ello: de discriminar en positivo a los sujetos menos favorecidos. Era, por tanto, una transformación que se confrontaba con la tradicional formulación de la igualdad en abstracto, de la igualdad formulada retóricamente como un desideratum. Qué duda cabe que los trabajadores y su movimiento organizado deben lo suyo al iuslaboralismo. Que ahora, según el maestro Umberto Romagnoli, “esté en el congelador” (y Romagnoli sabe lo suyo en relación a estas cosas) ya es harina de otro costal. Hablando de iuslaboralismo: me premito recomendaros la lectura de las obras de Karl Korsch, uno de los padres del Derecho laboral, ministro de Justicia de la República de Weimar, exponente del ala izquierda de los comunistas alemanes que tuvo que exiliarse para escapar de los horrores de los nazis. Korsch es fundamental para estudiar dos cosas de envergadura: el derecho laboral y los consejos obreros; en relación a los consejos tuvo una interesante polémica con los bordiguistas, con Pannekoek, con Luckacs y hasta con el mismísimo Gramsci. Pero vamos a lo nuestro.

Pues bien, algunos juristas han elaborado una fundamentación para “arropar” la propuesta de la renta básica. Quiero decir que algunos juristas, o especialistas de filosofía del Derecho, han elaborado una dogmática jurídica en relación a la discontinuidad del vínculo entre trabajo y remuneración. Que yo la interpreto de la siguiente manera: cuando una persona nace, viene a este mundo con una serie de garantías y tutelas, que es lo que se ha estado diciendo hasta ahora, a saber: la libertad y la igualdad; sin embargo, para ejercer los derechos (básicos) se necesitan medios (también básicos) que acompañen las garantías de la libertad y la igualdad. Lo que significaría una “variante” de mucha consideración, por ejemplo, acerca de las políticas de Estado de bienestar. Me explico: cuando naces tienes garantizado, ex lege, los derechos de libertad e igualdad en abstracto (que no es poca cosa, no se olvide), pero no un medio que, con mayor o menor aproximación, te ayude a permitirlo. Hasta la presente, el sentido común y las diversas escuelas económicas establecían que la vinculación radicaba en el trabajo que, además, conformaba la ciudadanía. Pues bien, la discontinuidad jurídica es la siguiente: cuando naces tienes, también, un medio básico (insuficiente, desde luego, hoy por hoy) que es un “salario”, una “renta” que acompaña tu “tradicional” derecho a la libertad y a la igualdad. Estamos hablando, por lo tanto, de una nueva aportación del Derecho, o si se prefiere de una nueva generación de derechos. Que puede ser tan sorprendente como lo fuera, en su día, el conjunto de disposiciones acerca del voto y las libertades políticas, y más adelante el ejercicio de la huelga, por poner dos ejemplos muy representativos del universo de los derechos.

Algunos conocidos afirman desde la izquierda: “Eso es la destrucción de la ley del valor”. Mi respuesta es: no se trata de destruir la ley del valor, porque ella misma no tiene autonomía, no es una variable independiente del trabajo; ella está relacionada con el tipo de sociedad y con el carácter de subordinación del trabajo asalariado (recalco: de subordinación). De manera que no se trata de sacralizar la ley del valor, porque ella misma se encarga de ponerse en cuestión como variable dependiente que es. Esto es algo que conocen perfectamente los capitalistas y sus intelectuales orgánicos que ya nos proponen un vínculo distinto entre trabajo y salario porque (dicen) que si el fordismo ha muerto, las relaciones han cambiado y deben cambiar profundamente. Pero ellos proponen un paso atrás, el salto a la desrregulación, el tránsito (brusco) a estipular el salario en relación a las conclusiones de la productividad en cuyo diseño sólo ellos participan y sólo ellos controlan. Así pues, la ley del valor, tal como la hemos concebido hasta ahora, aparece impugnada por los propios capitalistas. Que conste, no estoy proponiendo más que lo siguiente: 1) la ley del valor ni es sagrada, ni está dada definitivamente, tal como la conocemos, para siempre; 2) por lo tanto, no debemos estar atrapados por ella y sus consecuencias; tercero, a los cambios del trabajo y de la economía, corresponden nuevas categorías y nuevas proposiciones. Y la renta básica que se propone, lo es. En suma, como diría nuestro amigo el Profesor Baylos, necesitamos una nueva epistemología en relación a estos asuntos.

O sea, si el trabajo cambia (y su mutación es espectacular) su ley del valor muda no menos espectacularmente. Y este es un asunto que nos interpela y provoca en todos los imaginarios, desde el sindical y político, desde el jurídico y sociológico. Como tantas otras cosas, desde luego.

Tercero. En todo caso, me parece de cajón que es necesario justificar con nuevos argumentos esta propuesta de la renta básica.

En primer lugar, las innovaciones tecnológicas están generando una reestructuración importantísima del trabajo y del carácter del trabajo, provocando en algunos sectores asalariados (de muy difícil reciclaje) una evidente marginación; estas “cohortes” precisan una tutela que, hoy por hoy, no la tienen.

En segundo lugar, una de las novedades de la economía mundial (no se olvide su carácter interdependiente) es la brevísima sucesión de importantes crisis financieras que, en los últimos doce años, han conocido convulsiones mundiales cada dos años. Vivimos, como quien dice, en una permanente burbuja financiera como expresión de la hegemonía de los capitales especulativos sobre los industriales. De ahí, también, la necesidad de unos mecanismos de tutela para el conjunto asalariado que, con todas las limitaciones, podría representar la renta básica.

En tercer lugar, porque la absoluta necesidad de compatibilizar producción y medio ambiente puede provocar, en determinados momentos, situaciones de desempleo, incluso de más larga duración. La renta básica, así las cosas, puede jugar un papel de “amortizador social”, por mínimo que fuese, digno de tenerse en cuenta.

Y, en cuarto lugar, el argumento más importante y señalado: se trata de la aparición de un nuevo derecho de ciudadanía, ligado en esta ocasión a la condición de la persona de manera directa, esto es, sin el hecho de la intermediación del factor trabajo. En palabras castizas, ese derecho se tiene sin más, no porque se trabaje. Un nuevo derecho, hemos dicho. Que tiene una “preñez” de evidente desmercantilización. También como un fuerte cogotazo a la mercantilización que supone la tan repetida ley del valor.

No puedo, en este sentido, dejar de citar las veces que nuestro Bruno Trentin, que fue tantos años dirigente sindical de la CGIL (hoy eurodiputado en las filas del PDS) hablara de la necesidad de que el movimiento sindical asumiera lo que él llamaba, junto a su amigo Vittorio Foa, reivindicaciones cualitativas; por cierto, eso de las reivindicaciones cualitativas era una de las obsesiones de nuestro inolvidable Alfons Carlos Comín.

De estas “cuatro justificaciones” podemos sacar la siguiente conclusión. Es necesario poner en marcha un nuevo paradigma que podríamos caracterizar como un nuevo Estado de bienestar cuyo basamento estuviera en la producción. Me explico, el Estado de bienestar que tenemos (una importante conquista de civilización) se basa en políticas redistributivas. Unas políticas que distribuyen una parte de las consecuencias de lo que se produce. Podemos decir que nuestro Estado de bienestar (el conocido hasta ahora) se mueve en los resultados, y sólo en los resultados, de la producción de bienes y servicios. Es preciso empezar a concebir un nuevo paradigma de Estado de bienestar que arranque de la producción de bienes y servicios. Esto es, qué y cómo se produce, con especial punto de mira en la innovación tecnológica. Las fuerzas políticas progresistas y el sindicalismo confederal podríamos compartir diversamente este nuevo paradigma. Digo “diversamente” porque la personalidad de unos y otros (sujetos políticos y agentes sociales) es diferente. El punto de encuentro, desde las evidentes diversisdades, sería el “paradigma compartido”. Esta fue mi tesis en el acto de presentación de mi candidatura a las elecciones autonómicas en el Hotel Barceló en setiembre de 1999; y es, también, el tronco teórico del Documento de la II Asamblea de sindicalistas de IC.V en la primavera del 2000.

Cuarto. Como es lógico, la renta básica debe tener una concreta forma legislativa. Que ya se os ha repartido, y que, cuando cuelgue esto en mi web también la podréis consultar, todo el mundo la podrá consultar. Nosotros, a la hora de su redacción (este es un proyecto de ley) nos hemos situado en el punto máximo para que se sepa qué es lo que queremos exactamente. El punto máximo quiere decir: lo que nos parece más deseable; lógicamente estaríamos dispuestos a establecer pasos intermedios y las graduaciones suficientes. Por ejemplo, que en una primera fase no fuera universal y afectara a determinados colectivos por grupos de edad y/o de renta. Pero, en fin, eso lo iremos viendo durante el itinerario legislativo. La idea que estamos barajando es la presentación de este proyecto legislativo en sede parlamentaria en los alrededores del próximo Primero de Mayo, que ya está a la vuelta de la esquina.

Finalmente quisiera haceros una aclaración. El libro “Las identidades comunitarias y la democracia” (Trotta, 2000), de autores tan representativos y cercanos a nosotros como Pietro Barcellona, Massimo Cacciari y Juan Ramón Capella, entre otros, he aprendido cosas tan significativas acerca de la expresión derechos de ciudadanía que yo he repetido miles de veces a lo largo de toda la vida. Lo que he aprendido lo podemos compartir si leéis el libro que también os recomiendo, además su precio es muy barato. Y es: como quiera que la ciudadanía es un concepto concedido por el Estado-nación, y este derecho no se otorga así como así a los personas que vienen de otros hemisferios, hoy por hoy la ciudadanía ha perdido la “grandeza” que tuvo cuando los padres de la Asamblea Nacional francesa en 1789 (os recuerdo que no había madres) la fijaron en substitución de súbditos. De manera que la metamorfosis de súbditos a ciudadanía debe seguir, ahora, pasando de ciudadanía a personas, y así caben todas nuestras amistades, dejando sus lugares de nacimiento, quieren venir a estar con nosotros. Una metamorfosis que, en estos días, está armando tanto revuelo con las desdichadas concepciones que, a todo meter, están publicitando tanto doña Marta Ferrusola y el anciano dirigente nacionalista Heribert Barrera. La Ferrusola y Barrera nos reproponen nada menos que el antiguo sintagma tierra y sangre (“Blut und boden”) que fue el genoma fundante de “lo Alemán” tal como lo entendían los nazis. Tierra y sangre: una relación fatídica sobre la que ya nos alertaba Virgilio, cuando en La Eneida, Libro II y versículo 49, -¿lo habéis leído?- hacer exclamar a Laoconte aquello de “Temo a los dánaos hasta cuando hacen ofrendas”. Es como si Ferrusola y Barrera nos dijeran: temo a los negros hasta cuando cantan el “Dies irae”. Eso por no hablar de gentes más sofisticadas, algunos con cierto barniz de progresismo, que aceptan al Otro en clave de culturas pluralistas, pero que a continuación afirman que “cuando en Somalia surja un Mozart o un Shakesperare, ya hablaremos”. Toda una concepción de estética eurocéntrica de tomo y lomo.

Pero esto que acabo de decir se escapa un tanto de las reflexiones que ahora queríamos proponeros y, además, se nos hace tarde. Venga, ¡vamos al debate!

Intervención Jornada sobre la RB de Iniciativa per Catalunya – Els Verds (IC-V)