Estoy muy de acuerdo en general con la argumentación de Philippe Van Parijs [1] a favor de una RBU o “patrimonio”–una porción del producto de una sociedad que debería ser compartida por todos aquellos que viven en esa sociedad. Establecer tal patrimonio es equivalente a reconocer la propiedad compartida de una parte significativa de los recursos, físicos e intelectuales, que permiten a la sociedad producir lo que produce. Puesto que el ensayo realiza un muy detallado tratamiento de la RBU y su factibilidad, limitaré mis comentarios sólo a dos aspectos: (1) porqué sería justa una RBU (o patrimonio); y (2) algunos problemas de incentivos que un programa como éste plantea y que tienen que ser manejados de manera eficaz.
Justicia
Cuando comparamos la media de ingresos de los países ricos con la de los países del Tercer Mundo, encontramos diferencias enormes que, de forma segura, no se deben simplemente a diferencias en las motivaciones por ganar dinero. La holgazanería no es la principal causa de pobreza. Una explicación más plausible de estas diferencias es que están disponibles mayores recursos per cápita en unos países que en otros, de hecho es la explicación que está universalmente aceptada. Estas diferencias no son simplemente una cuestión de acres de tierra o toneladas de carbón o mineral de hierro, sino, en mayor medida, diferencias en capital social que toma principalmente la forma de conocimiento acumulado (p.e., tecnología, y especialmente las habilidades gubernamentales y organizativas).
Se puede hacer exactamente la misma valoración sobre las diferencias de ingresos en cualquier sociedad dada. En gran parte, estas diferencias deben ser atribuidas a las diferencias en la propiedad del capital, del cual la mayor parte es capital social: conocimiento, y la participación mediante el parentesco y otras relaciones sociales privilegiadas. En referencia a la cuestión de la justicia, por lo tanto, estamos evaluando la justicia de la herencia de tales recursos a través de las familias. Se trata de una cuestión de valor, no de hecho. Personalmente, no veo ninguna base moral para tener un derecho inalienable a heredar recursos, o para retener todos los recursos que uno ha adquirido por medio de actividades económicas o de otro tipo.
El argumento habitual para defender tal derecho se basa en la presunción de mercados perfectamente competitivos donde a los factores de la producción se les pagan sus valores marginales y donde no hay externalidades. Pero esta presunción no se sostiene en ningún grado razonable de aproximación en las sociedades reales. El acceso al capital social–la mayor fuente de diferencias de ingresos, entre y en las sociedades–es en gran medida el producto de las externalidades: la pertenencia a una sociedad en particular, y la interacción con otros miembros de esa sociedad bajo prácticas que comúnmente dan acceso preferente a determinados miembros.
¿Cómo son de grandes esas externalidades, que se deben contemplar como posesión común de los miembros de la sociedad entera? Cuando comparamos las más pobres con las naciones más ricas, es duro concluir que el capital social puede producir algo menos del 90% de los ingresos en sociedades ricas, como las de los Estados Unidos o la Europa Noroccidental. Basándonos en argumentos morales, entonces, podríamos demandar un impuesto plano del 90% para devolver esa riqueza a sus propietarios reales. En los Estados Unidos, incluso un impuesto plano del 70% permitiría mantener todos los programas gubernamentales (aproximadamente la mitad del impuesto total) y permitiría el pago, con el resto, de un patrimonio de unos 8.000$ anuales por habitante, o 25.000$ para una familia de tres miembros. Esto dejaría a los receptores originales de los ingresos unas tres veces lo que, según mis cálculos, deberían haber ganado.
Incentivos
Los economistas siempre son rápidos en esgrimir que la gente debe ser apropiadamente motivada para que sea productiva. Si la retribución media al esfuerzo se redujera uniformemente por un factor de tres, no está claro por qué se reduciría la motivación para ganar más. El comportamiento de familias con dos fuentes de ingresos en los Estados Unidos sugiere que el deseo de ingresos está más relacionado con los procesos de comparación social que con la cantidad de salario real después de impuestos o el deseo relativo de bienes y ocio. Cuestiones similares se pueden plantear sobre los ahorros o la acumulación de capital, si bien al discutirlas, los ahorros privados no deberían disociarse del ahorro social (del gobierno o de los procesos de intercambio social en sí mismos), que comúnmente provocan externalidades que no son evaluadas por el mercado y no aparecen en ningún lugar en las cuentas sociales. En cualquier caso, las cuestiones sobre los incentivos a trabajar y al ahorro son cuestiones empíricas que deben ser resueltas por la experimentación y la observación y no por medio del debate filosófico.
Me he centrado en la RBU en una sola nación. Déjenme mantener aparte las cuestiones de justicia en la reasignación de renta entre naciones, y observen simplemente, como lo han hecho muchos economistas del desarrollo, que la reasignación se puede lograr a un relativamente bajo coste exportando conocimiento en vez de recursos tangibles. Es cierto que los ingresos per cápita en las naciones ricas podrían declinar con el aumento de la competitividad de esas naciones, dotadas de tal modo, pero de nuevo, tales efectos de exportar los conocimientos técnicos deben ser evaluados empíricamente y no ser supuestos, simplemente. Mientras tanto, la extensión de las corporaciones multinacionales, con su poder para colocar capital a lo largo del globo, puede resolver la cuestión, para mejor o para peor, antes de que nuestras cuestiones empíricas se completen. La memoria histórica sugiere que los intentos de mantener los avances tecnológicos dentro de los límites nacionales generalmente no tiene éxito a largo plazo.
Ninguna discusión sobre la redistribución de ingresos debería concluir sin considerar su impacto sobre la conservación de los recursos y la población. La sostenibilidad debe ser una preocupación central en todas las cuestiones de política social nacional y global. El aumento de ingresos ha sido, en los siglos recientes, el medio más potente que se ha encontrado para estabilizar las poblaciones, pero con el coste de aumentar la producción de energía, lo cual agrava los problemas de mantener la calidad de vida en nuestra Tierra. (¡Elevar el Tercer Mundo a los niveles de consumo de energía occidentales multiplicaría el problema del dióxido de carbono por un factor, al menos, de 10!). Debemos concentrarnos en transformar los ingresos y los ahorros en formas más benignas a este respecto.
Nota:
[1] H. A. Simon se refiere al artículo de Philippe Van Parijs “Una renta básica para todos. Si realmente te preocupas por la libertad, dale a la gente una renta incondicional”, que en castellano está como capítulo 2 de La Renta Básica, en el mismo libro de donde se ha obtenido el texto de H. A. Simon aquí reproducido.(Traducido del inglés por Manel Losada)
Capítulo del libro coordinado por Daniel Raventós La Renta Básica. Por una ciudadanía más libre, más igualitaria y más fraterna, Ariel, 2001








