Entre los instrumentos más siniestros de tortura psicológica se cuentan, como es harto sabido, los programas de los partidos. Malos discursos domingueros nos cuentan lo que puede y debe ser, lo que en ningún caso puede seguir así, qué viejos valores tenemos que seguir honrando de maneras nuevas. Llamamientos de soslayo, invocaciones morales, orgías normativas trazadas sobre el espejo: a favor de un mejor mercado de trabajo, a favor de nuevos sistemas sociales, a favor de la paz mundial y de la responsabilidad ecológica. El tinte político sigue siendo reconocible, pero miserables en la forma son todos los mensajes por igual: las líneas directrices perfiladas por comisiones de expertos tras noctámbulas sesiones y compromisos sin cuento. Ni siquiera el compañero mejor dispuesto puede substraerse a la impresión de que las doctrinas de partido han acabado por transformarse ineluctablemente en tabletas somníferas.

Los “Vértices programáticos“ que el pasado fin de semana acordaron, como base substancial de su proceso de unificación, la Linkspartei [Partido de la Izquierda] y la WASG [Alternativa de electores para la justicia social], confirman la regla. El catálogo de exigencias no se olvida de nada que pueda sonar bueno y adecuado a los oídos de izquierda. Salario mínimo, supresión de las tasas académicas, coberturas para los ciudadanos, iguales oportunidades: la cantilena no tiene fin. Pero en vano se buscará el hilo conductor, el hilo rojo para el siglo XXI. Tejerlo exige por lo pronto una determinación precisa de tiempo y lugar. ¿Qué marca a la República Federal Alemana y hacia dónde va ésta, si las recetas en curso siguen aplicándose en el futuro? Los “Vértices“ hablan de un capitalismo crecientemente desatado y de política neoliberal. No es que eso sea falso, pero como único diagnóstico, tampoco particularmente útil.

Lo específico de la miseria alemana puede describirse con mucha mayor precisión, si se empieza con los intereses más poderosos: prácticamente todas las empresas que cuentan tienen tasas de exportación extremadamente elevadas, que apuntan, tendencialmente, a un ulterior crecimiento. Por consecuencia, sus ambiciones se dirigen al mercado mundial, y su patria se reduce a un punto de vista secundario y a un estorbo, porque los costes del Estado social han de tomarse en cuenta frente a una dura concurrencia. Esa lógica económico-empresarial resulta fatal, si, como ocurre desde hace años, logra imponerse y determinar las líneas directrices de la vida política. Quien siga todavía con el discurso de los salarios demasiado elevados y las prestaciones sociales demasiado altas, descuidando las inversiones globales vitalmente necesarias para la reproducción de la comunidad republicano-federal, aterriza en una sociedad visiblemente escindida, y no hace sino contribuir a cimentar los bloques polarizados de la misma.

Una izquierda que, a la vista de sus consecuencias, sólo habla de política insocial, insistiendo en que con una carga adecuada sobre las corporaciones empresariales y mayores ingresos fiscales podríamos permitirnos mucho más, es una izquierda que no está a la altura de los tiempos. A medio plazo, se trata de cosas de más calado, se trata de un país mal orientado, que ciegamente se cierra sus perspectivas de futuro. A muchos socialdemócratas y verdes les perjudica cada vez más el que su modelo de desarrollo hasta ahora preferido no funciona económicamente, socava estándares culturales, genera „subclases“ y robustece imágenes sombrías. Eso tendría que abrir una oportunidad a la izquierda para introducir en el debate concepciones factibles, en vez de proponer mezquinamente a su clientela todas las exigencias imaginables y elevarlas a programa sin articulación interna.

Hasta el próximo año queda aún tiempo, y los “Vértices“ no son sino un esbozo provisional. Que su calidad deje aún mucho que desear, los autores mismos parecen saberlo. Pues, al final, formulan “cuestiones abiertas”, que no tematizan detalles marginales, sino que constituyen el núcleo socio-económico de una política alternativa. “¿Cómo puede realizarse una determinación democrática de las líneas directrices del desarrollo económico?”. “¿En qué medida es democrática y socialmente configurable el proceso de la globalización, y qué posibilidades tiene aún la política en el marco del Estado-nación?”. “¿Basta con promover una cobertura social básica orientada a la demanda, o hay que exigir una renta básica individual incondicional como derecho para todas las ciudadanas y ciudadanos?”.

Quien todavía tiene que responder a preguntas de tan grueso calibre, no ha hecho sino empezar.

Hans Thie es un analista político que colabora regularmente con el semanario alemán de izquierda Freitag.

Traducción: Amaranta Süss

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